A diferencia de la ciencia actual, que clasifica los alimentos según su composición quÃmica, los romanos agrupaban los productos por sus cualidades percibidas: calor, frÃo, humedad y sequedad. Estas caracterÃsticas, determinadas por sabor y textura, se vinculaban a efectos especÃficos en el organismo. Por ejemplo, los pepinos se consideraban frÃos y húmedos, mientras que el pan y la carne asada eran vistos como secos y calientes.
La Dra. Bubb resalta la existencia de ideas equivalentes en el pensamiento romano, expresadas con terminologÃa propia, que observaban realidades similares a las de hoy pero desde una teorÃa alternativa sobre el funcionamiento de los alimentos y la nutrición. Si bien no utilizaban el concepto de proteÃnas, reconocÃan que algunas comidas contribuÃan al desarrollo muscular.
La teorÃa de los humores imperaba tanto en la medicina como en la alimentación en la antigua Roma. Según este enfoque, el cuerpo humano se regÃa por cuatro fluidos: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra, cada uno vinculado a un elemento natural. El equilibrio o desequilibrio de estos humores determinaba no solo la salud fÃsica, sino la personalidad y las emociones. Un exceso de sangre, por ejemplo, se asociaba al carácter alegre, mientras que demasiada bilis negra se vinculaba a la melancolÃa.La dieta variaba según la edad, la estación del año y la salud. Los niños y atletas requerÃan mayor calor y nutrición, mientras que a los ancianos, percibidos como más frÃos, se les aconsejaba menos alimento.
Estas creencias trascendÃan la mesa y permeaban la vida cotidiana romana. La alimentación reflejaba la constitución fÃsica, la personalidad y la posición social de cada individuo. La distribución pública de alimentos como el pan tenÃa un papel central en la vida urbana, y la elección de ingredientes respondÃa tanto a criterios de salud como a la búsqueda de equilibrio humoral.Asimismo, la Dra. Bubb destaca el carácter empÃrico de este sistema: era “una manera de observar cómo funcionaba la salud y el cuerpo†a partir de la experiencia directa. Los romanos notaban los efectos de la comida en su cuerpo y ajustaban su dieta, aunque carecÃan de herramientas cientÃficas para analizar la composición de los alimentos.Hoy, muchas explicaciones romanas resultan extrañas: pensar que los alimentos contienen pequeñas partÃculas de fuego parece absurdo, aunque actualmente se hable de calorÃas y de transformación de los alimentos en energÃa. Al carecer de microscopios y laboratorios, los romanos dependÃan de la observación directa y del análisis de efectos visibles para fundamentar su nutrición.
Considerar la alimentación dentro de un sistema que abarca salud, bienestar y constitución fÃsica demuestra una visión que, aunque nacida en la antigüedad, resuena con la concepción moderna de la nutrición como un fenómeno complejo e interconectado.