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16 de marzo de 2026

Las confesiones de Gustavo Sofovich en Solo por hoy: "Hubiera sido imposible recuperarme con Gerardo vivo"

El productor detalla en una entrevista con Luciana Rubinska en Infobae cómo el consumo de droga lo llevó a la ruina, y cómo hoy encara la paternidad y la memoria de su padre desde la recuperación

Gustavo Sofovich fue el primer invitado de la sección Solo por hoy, La cámara recorta la imagen: Luciana Rubinska lo mira, Gustavo asiente, y en el aire flota la cifra exacta: siete años, diez meses y veinticuatro días. Es el tiempo que lleva limpio. Solo por hoy, repite, porque pensar en el mañana es demasiado. La primera pregunta no es sobre la cocaína, ni sobre el juego, ni sobre la herencia de llamarse Sofovich (su padre es Gerardo). Es por ese mantra que Gustavo tiene tatuado, por ese modo de contar los días y las noches, una tras otra, sin prometer nada que no pueda sostener en las próximas veinticuatro horas.

Gustavo, nacido el 18 de marzo de 1968, hijo de Gerardo Sofovich y Carmen Morales, creció en un mundo donde lo material nunca escaseó. A los 17 años, manejaba un BMW cuando ningún chico de su edad podía hacerlo. A los diez, recorría los camarines del Maipo y el Astro, entre vedettes, actores, humo y rutinas nocturnas. La infancia de Gustavo fue backstage y luces, relojes caros, autos, mujeres, todo lo que el dinero podía comprar. Pero el exceso no era solo ostentación: era la marca de una época y de una familia donde la abundancia se confundía con el afecto.

"Mi viejo no lo hizo a propósito, pero no me hizo bien", dice. No lo supo entonces; lo aprendió después, cuando el abuso de todo lo permitido se convirtió en adicción. "Nadie nace sabiendo ser padre", reflexiona, y la frase no es indulgente: es el balance de una vida en la que el apellido fue un pase libre a un club peligroso.

Antes de la cocaína, antes de los hoteles de lujo y de los departamentos vacíos, la adicción ya era un germen. A los 14 años, Gustavo tenía una relación problemática con el juego. El casino fue su primer laboratorio de compulsión. La adrenalina de la apuesta, la promesa de control, el dinero como símbolo de poder y después como agujero negro.

El juego no fue solo un pasatiempo: fue el gran disparador. Cuando el azar dejó de ser suficiente, la droga apareció como una continuidad lógica. El escenario fue Mar del Plata. Tenía 17 años y, según cuenta, fue una chica la que llevó la primera dosis. No lo planeó. No sabía en lo que se estaba metiendo. Fueron entre 45 y 60 días consumiendo todos los días. Esa fue la puerta de entrada a un territorio sin retorno.

Lo que vino después fue una cadena. Gustavo no escatima en la enumeración: drogas, alcohol, cigarrillo, sexo, trabajo. No hay adicción que no haya conocido. "El sexo es una adicción. El trabajo también. Fui adicto a todo en la vida", enumera en voz baja, sin grandilocuencia.

Durante 30 años, la droga fue el eje. Consumía 10 gramos de cocaína por día. No tomaba alcohol, pero la cocaína ocupó el espacio de todo lo demás. El cuerpo empezó a pasar factura: sudoraciones, palpitaciones, insomnio, alucinaciones. Estuvo ocho días seguidos despierto. Rompió los espejos de su casa para no verse. No podía levantarse de la cama si no consumía.

Gustavo habla de la pérdida con la precisión de quien ha hecho el inventario muchas veces. "Me perdí treinta años del crecimiento de mis hijos", reconoce. No tiene las fotos que hubiera querido con su padre. Las oportunidades profesionales no se concretaron. El apellido, que era un capital, se volvió lastre.

La recuperación de Gustavo no fue un proceso lineal. A los 18 años se internó por primera vez. A los 22, inició su primer tratamiento formal y logró mantenerse un año limpio. Pero las recaídas fueron la regla. Lo máximo que lograba mantenerse sin consumir era entre tres y cuatro meses.

Pasó por clínicas prestigiosas de Argentina y Estados Unidos. En una de esas internaciones, compartió habitación con el actor Owen Wilson. Forjaron una amistad que duró años. En otra, llegó al Vaticano, al programa Proyecto Uomo, gestionado por Gerardo, su padre. El acceso nunca faltó; la voluntad, sí.

Hubo un momento en que Gustavo eligió la plaza sobre el encierro. No fue por falta de dinero �dice que siempre tenía efectivo en el bolsillo�, sino por la imposibilidad de habitar su propia casa. Pasó semanas en un banco de plaza, acompañado solo por un perro, porque el animal es el que cuida al que duerme a la intemperie.

El vínculo con Gerardo es un hilo permanente en la narración. La fecha de nacimiento no es casual: Carmen Morales, su madre, decidió que Gustavo naciera el mismo día que su padre, por cesárea, como un regalo. "Cumplimos el mismo día. Gerardo ya no cumple más, lo sigo cumpliendo yo", dice Gustavo, y la frase es una lápida familiar.

La personalidad de Gerardo era "enorme". No competían, asegura, porque tenían profesiones diferentes: Gerardo era creador; Gustavo, vendedor de lo creado. Pero la convivencia de dos soles era imposible: "No pueden brillar dos soles. Un sol se tiene que apagar para que el otro brille".

Gerardo no supo �o no quiso saber� de la adicción de su hijo hasta muy tarde. Aun así, siempre estuvo al acecho, cuidándolo sin que Gustavo lo supiera. Cuenta que, en los peores momentos, los patrulleros pasaban cerca suyo no por azar, sino porque Gerardo los enviaba. La protección era silenciosa, pero persistente.

La cronología íntima de Gustavo está marcada por tres fechas: El 8 de marzo, Día de la Mujer, se cumplen once años de la muerte de Gerardo. El 18 de marzo, cumpleaños de ambos. El 9 de abril, otra marca en el calendario. Gerardo murió siete u ocho días antes de que Gustavo cumpliera un año limpio. "Yo creo que Gerardo se dejó ir para que yo pudiera brillar", dice. Con su padre vivo, sostiene, habría sido "imposible sostener la recuperación."

La muerte de Gerardo fue el punto de inflexión. La ausencia del padre permitió que el hijo pudiera empezar a brillar con luz propia, sin la sombra de una figura monumental.

La adicción no desaparece; se aprende a convivir con ella. Gustavo reconoce que su adicción al juego sigue activa. Maneja sus propios límites: no va a casinos donde se puede firmar con cuentas corrientes, no expone dinero que no puede perder, evita lugares de riesgo.

El cigarrillo fue la más difícil de todas las adicciones. Dejó de fumar hace cinco años, pero antes no lograba pasar tres horas sin un cigarrillo. Llegó a fumar en aviones, usando trucos aprendidos de los comisarios de a bordo. La compulsión no conoce fronteras.

El deporte es hoy su adicción más sana, pero incluso ahí reconoce el exceso. Puede hacer una hora y media de bicicleta y, al terminar, ir directo al gimnasio. La capacidad de llevar todo al extremo no desaparece; solo cambia de escenario.

Ser padre en medio de la adicción es, para Gustavo, una contradicción insalvable. "No se puede ser adicto y un padre presente", afirma sin rodeos. Se perdió el crecimiento de sus hijos: Tatiana (hoy de unos 32 años) e Ignacio (22 años), hijos de Daniela y Eleonora Zocco respectivamente.

Hoy intenta no darles todo lo material. Las necesidades básicas, sí; lo demás, que lo aprendan a ganar. Reconoce que a veces es mezquino a propósito, para no repetir el error de su padre. La paternidad, dice, es un aprendizaje continuo.

El sostén actual de Gustavo es el grupo de Narcóticos Anónimos. La vida de un adicto recuperado, repite, no se arregla en seis meses. Lo que se destruye en veinte años lleva mucho más en reconstruirse.

El método es el de la honestidad y la responsabilidad. Ser honesto consigo mismo, responsable con los demás. No hacer lo que no le gusta que le hagan. "Me funciona", dice, y el dato no es menor: lleva siete años, diez meses y veinticuatro días limpio.

Gustavo no da consejos, pero su ejemplo funciona como advertencia. Ha recibido mensajes de personas que dejaron de drogarse después de ver sus entrevistas. Recuerda el día en que, en presencia de su hijo, alguien se acercó a agradecerle por haberle cambiado la vida. Eso, dice, es el mayor capital que puede tener.

La transmisión es simple: Los grupos de ayuda están disponibles en escuelas, hospitales, iglesias. Entrar a tiempo puede ahorrarle a alguien mucho dolor. La decisión es interna, pero la posibilidad de una vida mejor existe.

Hoy, Gustavo Sofovich se define como millonario, pero no por el dinero, sino por estar vivo. El apellido Sofovich sigue siendo una marca, pero ahora es también testimonio de supervivencia.

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