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21 de junio de 2026

Un estudio revela cómo el uso del celular por parte de los padres puede afectar el bienestar emocional de los adolescentes

La investigación muestra que los jóvenes se sienten desplazados cuando los teléfonos interrumpen conversaciones y actividades familiares

Pasar mucho tiempo frente al teléfono mientras se convive con hijos adolescentes puede afectar cómo ellos perciben la disponibilidad emocional de sus cuidadores y, con ello, su sensación de seguridad en el vínculo. Esa es la principal advertencia de un estudio del Centro de Investigación e Innovación de Newport Healthcare (Estados Unidos) publicado en la revista científica Frontiers in Psychology, que analizó el fenómeno a partir de lo que reportan los propios jóvenes sobre la interferencia de dispositivos móviles en la relación cotidiana.

El trabajo se enfocó en una idea concreta: no midió "horas de pantalla" de los padres, sino la percepción de los jóvenes sobre si el teléfono interrumpe conversaciones, atención y momentos compartidos. Esa diferencia importa porque pone el foco en cómo se vive la interacción —si el adolescente se siente ignorado o desplazado— más que en un conteo rígido de minutos.

Los investigadores, además, remarcaron un punto metodológico clave: los hallazgos muestran asociación, pero no prueban causa y efecto. Aun así, advirtieron que, por la omnipresencia del smartphone, incluso efectos pequeños en la dinámica familiar podrían acumularse y tener consecuencias a largo plazo.

En una línea convergente —aunque basada en otra población y en una metodología diferente—, un informe difundido por la Comisión Europea encontró una asociación entre el uso de pantallas y diversos indicadores de bienestar en adolescentes de la Unión Europea, que pasan en promedio 4,5 horas online durante los días de escuela y más de seis horas los fines de semana, además de reportar distintos síntomas y malestares.

El estudio, citado por Infosalus, partió de un patrón que, según los autores, se repetía en la clínica y en conversaciones familiares: adolescentes que decían "competir" con el teléfono por la atención de sus padres.

A partir de ese punto, el equipo desarrolló una herramienta específica: la "escala de interferencia del apego a los dispositivos", que pide a los adolescentes que califiquen cómo el uso de pantallas por parte de sus cuidadores afecta la atención, la disponibilidad y la calidad de las interacciones.

Con esa escala, los científicos reclutaron una muestra de 600 adolescentes de entre 12 y 17 años (presentada como representativa de la población general de Estados Unidos) y la combinaron con preguntas sobre estilo de apego. En términos generales, el texto explica que el apego inseguro puede expresarse como ansiedad (búsqueda intensa de validación y miedo al rechazo) o como evitación (distancia emocional y dificultad para sostener relaciones cercanas).

El resultado principal fue consistente: a mayor puntuación en la escala, mayores niveles reportados de apego inseguro, tanto en su forma ansiosa como evitativa. Don Grant, citado como investigador del Centro de Investigación e Innovación de Newport Healthcare, subrayó que el apego puede ser "maleable" incluso durante la adolescencia y que, por eso, la forma en que se sostiene la disponibilidad emocional del adulto sigue siendo relevante en esa etapa.

El artículo también recogió una recomendación práctica que se desprende del propio estudio: no se plantea que un padre o madre deba responder de inmediato a cada pedido de atención, pero sí que, cuando ocurren esas solicitudes, se reconozcan y se responda "de alguna manera", para evitar que el adolescente acumule la sensación de quedar relegado por el dispositivo.

El texto de Infosalus plantea un problema cotidiano: los teléfonos inteligentes atraviesan todos los aspectos de la vida —incluida la crianza— y pueden "colarse" en conversaciones, comidas o instantes de cercanía. En ese contexto, la discusión se desplaza del control absoluto al diseño de reglas simples que sostengan un mínimo de atención compartida.

En ese marco, el artículo propone una serie de medidas concretas orientadas a reducir fricciones sin caer en culpas imposibles: tiempos y espacios sin dispositivos, como comidas familiares sin teléfonos, actividades compartidas sin pantallas (salidas, juegos) y reglas domésticas (por ejemplo, no llevar el móvil al dormitorio en la noche).

Estas recomendaciones buscan que el adolescente tenga momentos previsibles en los que perciba que el adulto está presente, con atención sostenida y sin interrupciones por notificaciones o desplazamientos infinitos en redes.

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