SOCIEDAD
12 de mayo de 2021
CONCERTACION TOAS CHACO...Malvinas: el día que Thatcher pensó que podían perder la guerra y decidió atacar al continente para destruir aviones y eliminar a los pilotos
Hundimiento del Sheffield Guerra de Malvinas 4 de mayo 1982
El ataque al destructor Sheffield con misiles Exocet generó una conmoción política y militar. Desnudó la debilidad de la defensa británica: si se impactaba sobre uno de los portaviones, podrían perder la guerra. En el libro “La Guerra Invisible” se revela que en ese momento Gran Bretaña decidió hacer una misión de ataque sobre el continente para destruir los Super Étendard, los misiles y matar a los pilotos alojados en la base de Río Grande
El 4 de mayo de 1982, dos pilotos de la Aviación Naval golpearon sobre el destructor con el misil Exocet, lanzados desde aviones Super Étendard. Los pilotos Augusto Bedacarratz y Armando Mayora habían dado en Sheffield. Cuando aterrizaron en la base de Río Grande aun no sabían del éxito de su misión. Juntos comenzaron a relatar la misioÌn en un papel en la sala del hangar y luego la pasaron en limpio en el casino de oficiales. Bedacarratz recordaba los detalles de la accioÌn, Mayora aportaba los suyos y los escribiÌa. Fue en ese momento que en la sala se interceptoÌ la radio BBC y escucharon la novedad. El gobierno britaÌnico reconociÌa, a las cinco de la tarde hora britaÌnica, que el Sheffield habiÌa sido atacado por un misil y la accioÌn habiÌa provocado veintidoÌs muertos y una cantidad indeterminada de heridos. El destructor todaviÌa se estaba incendiando.
En La Guerra Invisible, Marcelo Larraquy revela cómo en ese momento Gran Bretaña decidió hacer una misión de ataque sobre el continente para destruir los Super Étendard, los misiles Exocet y matar a los pilotos alojados en la base de Río Grande.
Aquí un extracto del libro.
(…) El impacto del misil había provocado un ruido corto y seco. Abrió un agujero de seis metros cuadrados. El Sheffield se sacudió de una punta a la otra. El primer informe oficial de la Secretaría de Defensa británica admitió que su carga explosiva había golpeado en la segunda cubierta, sobre la banda de estribor, entre la cocina, el cuarto de máquinas auxiliares y la máquina de proa, que empezaron a incendiarse. El fuego, originado por el combustible del Exocet, luego se esparció por la sección central y alcanzó el puente. El combustible se fue desparramando entre el humo negro. Si el fuego hubiera llegado al compartimento de explosivos donde se alojaban los misiles Sea Dart, el destructor habría volado en ese momento.
La defensa del Sheffield había fallado. Sin embargo, el informe puso en duda que el misil hubiese detonado. Francia, en cambio, aclaró que había funcionado en forma correcta. No quería que se sospechara de la eficacia de su creación. En la oficina de Ofema (Office français d’ex- portation de mateÌriel aeÌronautique), en París, festejaron el lanzamiento. Poco después, con el certificado de Combat-Proven (“Probado en Combate”), el Exocet quintuplicaría su valor de mercado.
En las ejercitaciones de mar, los destructores tipo 42 como el Sheffield teniÌan un margen de veinte minutos entre la deteccioÌn de un avioÌn y el impacto de cualquier proyectil que disparase. El Exocet reduciÌa ese lapso a tres minutos. El Sheffield, ademaÌs, no contaba con misiles Sea Wolf, adecuados para neutralizar misiles o aviones que se aproximaran en vuelo rasante. Su proteccioÌn antiaeÌrea, los Sea Dart, solo le permitiÌa alcanzar blancos de altura. Una de las peticiones de la Marina Real a la SecretariÌa de Defensa habiÌa sido agregar al misil la capacidad de impactar a baja altura, pero habiÌa sido rechazada por falta de fondos.
El informe oficial afirmoÌ que, poco antes del impacto, los radares de vigilancia aeÌrea y de rastreo de blancos del Sheffield habiÌan sido desconectados para una comunicacioÌn con sateÌlite Skynet y la sala de operaciones no habiÌa tomado contramedidas.
Los Super EÌtendard habiÌan sido detectados por el destructor Glasgow a 49 millas, 90 kiloÌmetros del Sheffield. Los dos o tres segundos que duraron sus emisiones de radar quedaron registrados en la consola. Se veiÌan dos contactos hostiles que se acercaban a una velocidad de 450 nudos, 833 kiloÌmetros por hora, desde 600 metros de altura.
Un marino hizo sonar su silbato y el grito de terror retumboÌ en la sala de operaciones: “¡Freno de mano!”. Era la clave para mencionar al radar Agave, instalado en los Super EÌtendard. El capitaÌn del Glasgow, Paul Hoddinott, preguntoÌ por el nivel de credibilidad. ¡Cierto! Entonces viroÌ completamente el timoÌn para reducir el margen de impacto y lanzoÌ el chaff para desviar la direccioÌn de los misiles, que ya habiÌan sido lanzados desde los aviones.
El aviso de alerta “¡freno de mano!” llegoÌ a la sala de operaciones del Hermes, que navegaba 50 kiloÌmetros al este. AlliÌ fueron renuentes a creer en la amenaza y siguieron en alerta blanca. Lo mismo sucedioÌ en el otro portaviones, el Invincible. El comandante de guerra antiaeÌrea pidioÌ maÌs pruebas al Glasgow. Pensaban que el ataque era falso. HabiÌan recibido tres o cuatro alarmas esa mañana. ContinuoÌ con alerta blanca, todo tranquilo, ninguÌn indicio de ataque.
En tres diÌas de guerra no se habiÌa detectado la presencia de los SUE, de modo que supusieron que su sistema de armas no funcionaba o que los pilotos no estaban capacitados para efectuar el reabastecimiento en aire. Confiaron en que no habriÌa ataque. La alarma lanzada desde el Glasgow al resto de los buques fue tomada como un falso eco.
El grito “¡freno de mano!”, ademaÌs, no necesariamente implicaba un peligro para la flota.
El almirante Sandy Woodward (jefe de la flota británica) deciÌa que esa expresioÌn era maÌs escuchada que los “buenos diÌas”. Ante cualquier ruido en el eÌter, en medio de la tensioÌn de la guerra, en las salas de operaciones se gritaba “¡freno de mano!”. Y pasar de la alerta blanca a la amarilla, que advertiÌa de un indicio de ataque, o a la roja, que revelaba un ataque seguro, implicaba un desgaste considerable para una nave: se debiÌa lanzar el chaff, despegar helicoÌpteros y aviones, poner a los infantes a cubrir posiciones de combate. Pero esta vez el ataque era real.
El capitaÌn del Glasgow pidioÌ que derribaran los Exocet con misiles Sea Dart, pero el control de fuego de radar no podiÌa fijar la posicioÌn de los pequeños puntos blancos que cruzaban la pantalla. Se preguntoÌ cuaÌntos segundos faltariÌan para que golpearan en el centro de su nave. Sin embargo, los misiles pasaron por encima del Glasgow. Estaba a salvo. No era el eco que (los pilotos de Super Étendard) Bedacarratz y Mayora habiÌan seleccionado en su radar. Tampoco lo era el destructor Coventry.
En estado de alarma, el capitaÌn del Glasgow llamoÌ al Sheffield. No contestaron. En la sala de operaciones del destructor no detectaron ni al avioÌn ni a los misiles que volaban hacia ellos. Los primeros en advertirlo fueron dos tenientes que conversaban en el puente de la nave y vieron una estela de humo a dos metros por encima del mar, que se acercaba. EstariÌa a poco maÌs de un kiloÌmetro. Uno de los tenientes tomoÌ el microÌfono de transmisioÌn. “¡Ataque de misil!”, gritoÌ.
Treinta y cinco años despueÌs, el documento desclasificado de la Junta de InvestigacioÌn (Board of Inquiry) del Ministerio de Defensa revelariÌa que “algunos miembros de la tripulacioÌn estaban aburridos y un poco frustrados por la inactividad y el barco no estaba completamente preparado para un ataque”. AuÌn maÌs: el oficial de guerra antiaeÌrea habiÌa salido de la sala de operaciones y estaba tomando un cafeÌ cuando los Exocet volaban hacia el Sheffield. Tampoco su asistente se encontraba en funciones. El documento desclasificado tambieÌn indicaba que el radar del destructor estaba en transmisioÌn con otra nave. ReconociÌa que la alerta del Glasgow se habiÌa escuchado en el Sheffield, pero no habiÌa generado una reaccioÌn. CreiÌan que el Super EÌtendard no podiÌa abastecerse en el aire y que no significaba una amenaza. Nadie llamoÌ al capitaÌn, nadie lanzoÌ los misiles Sea Dart para derribar los Exocet y nadie disparoÌ un chaff para engañarlos. El equipo de guardia habiÌa fallado.
La peÌrdida del destructor golpeoÌ a Woodward. En ese momento temioÌ que, en medio de las tareas de rescate, el Sheffield explotara y que un submarino argentino atacara con torpedos a los barcos de salvataje que se habiÌan acercado, el Yarmouhth y el Arrow. LlegariÌan a detectar nueve alarmas en el sonar.
Para completar la jornada traÌgica en las Fuerzas de Tareas, uno de los tres Sea Harrier que habiÌan despegado del Hermes para atacar la pista de aterrizaje de la Base CoÌndor, en Puerto Darwin, fue derribado por una bateriÌa de la artilleriÌa antiaeÌrea con una raÌfaga de proyectiles de 35 miliÌmetros. El Sea Harrier volaba a 300 metros por segundo. En condiciones normales, los artilleros teniÌan apenas treinta y siete segundos para pulsar el disparo cuando lo teniÌan en la pantalla del radar de exploracioÌn del director de tiro. Algunos soldados de ArtilleriÌa habiÌan estudiado las siluetas de los cazas britaÌnicos de las fotos que habiÌa tomado el Boeing 707 el 21 de abril.
En un anotador de rodilla del piloto caiÌdo, el teniente Nicholas Taylor, la inteligencia de la FAS (Fuerza Aérea Sur) obtuvo nuÌmeros de aviones en servicio y remanentes, pilotos asignados, indicativo de buques, coÌdigos IFF (Identification Friend- Foe), configuraciones de armamento e informacioÌn sobre la autonomiÌa del Sea Harrier: ochenta minutos con despegue de rampa, y la mitad del tiempo si lo haciÌa con despegue vertical.
El cuerpo del piloto britaÌnico Taylor fue sepultado con honores por una formacioÌn de soldados argentinos en un cobertizo proÌximo a un tambo en Pradera del Ganso. Lo enterraron junto a los ocho miembros de la Fuerza AeÌrea que habiÌan muerto en el ataque sobre la pista de la Base CoÌndor, tres diÌas antes.
Woodward se sintioÌ muy deprimido en la noche del ataque. TodaviÌa le resonaba la expresioÌn a viva voz de un oficial de su Estado Mayor en la sala de operaciones del Hermes apenas llegoÌ el mensaje desgraciado: “El Sheffield ha sufrido una explosioÌn”.
“¡Almirante, debe hacer algo!”, le habiÌa advertido el oficial.
PareciÌa una orden, una intimacioÌn. Y en esos dos, tres minutos de tensioÌn Woodward no habiÌa hecho nada, dejoÌ que los acontecimientos siguieran su curso; solo esperaba que los hombres que estaban en el destructor le pidieran lo que necesitaban. TratoÌ de controlar sus emociones y no dejarse arrastrar por reacciones instintivas. En el momento de mayor angustia debiÌa meditar las decisiones.
Woodward repasoÌ su estrategia despueÌs del ataque al Sheffield: neutralizar a la Marina y la Fuerza AeÌrea enemigas para alcanzar la superioridad mariÌtima y aeÌrea; desembarcar a los hombres de la flota naval, y brindar apoyo logiÌstico y de fuego a las fuerzas en tierra.
HabiÌa quedado en evidencia que la flota britaÌnica era vulnerable a los misiles; que sus defensas antiaeÌreas, frente a esa amenaza, eran deÌbiles. La capacidad de fuego de la aviacioÌn argentina se manteniÌa intacta. Si no se neutralizaba, el desembarco seriÌa imposible. Las tropas del ejeÌrcito britaÌnico todaviÌa esperaban en la isla AscensioÌn. Hasta que no se despejara el panorama, no habiÌa orden de traslado al AtlaÌntico Sur.
Woodward cambioÌ la taÌctica para mantener la iniciativa. DecidioÌ alejar maÌs hacia el este a su flota naval, colocarla maÌs lejos de las bases aeronavales argentinas, y adelantoÌ dos destructores, el Coventry y el Glasgow, a 20 kiloÌmetros de Malvinas para estrechar el bloqueo aeÌreo sobre los aviones argentinos, sobre todo los HeÌrcules C-130, que trasladaban suministros en vuelos nocturnos. Los atacariÌa con misiles Sea Dart para intentar cortar el puente logiÌstico entre el continente y las islas. Y tambieÌn saturariÌa con fuego las posiciones de los soldados en tierra.
Los cambios taÌcticos no redujeron el temor de un segundo ataque de los Super EÌtendard y de la posible peÌrdida de un portaviones. A esas alturas, cualquier daño que afectara al Hermes o al Invincible lo obligariÌa a abandonar la operacioÌn militar. Una semana despueÌs del ataque, mientras intentaban remolcarlo hacia las islas Georgias para repararlo, el Sheffield zozobroÌ en el mar y cayoÌ bajo las aguas. Fue el primer buque de guerra de la flota britaÌnica hundido en combate despueÌs de la Segunda Guerra Mundial.
Woodward envioÌ un mensaje realista a los capitanes de los barcos. “Perderemos maÌs naves y maÌs hombres”, les anticipoÌ, “pero triunfaremos”. (…)
El ataque sobre el Sheffield no solo expuso por primera vez la vulnerabilidad de la Fuerza de Tareas sino que generoÌ un trauma, una convulsioÌn poliÌtica en Gran Bretaña. Se abrioÌ un nuevo escenario: la posibilidad de detener o poner en pausa la estrategia beÌlica y dar paso a una solucioÌn diplomaÌtica.
El jueves 6 de mayo Margaret Thatcher fue interpelada en la CaÌmara de los Comunes. Un representante le requirioÌ si podiÌa hacer cesar el enfrentamiento y alentar un acuerdo de paz efectivo. Thatcher se mostroÌ tolerante a ese propoÌsito por primera vez. Dijo que habiÌan respondido de manera constructiva a la propuesta de paz peruana y daba la bienvenida a la nueva intervencioÌn de las Naciones Unidas para las negociaciones. AseguroÌ que la viÌa diplomaÌtica seguiÌa abierta pero que el obstaÌculo era la Argentina, interesada en el cese del fuego pero no en el retiro de sus tropas.
Otro representante preguntoÌ a la primera ministra: “¿PodriÌa darnos la maÌs absoluta seguridad, estoy seguro de que toda la nacioÌn asiÌ lo demanda, de que no habraÌ una escalada deliberada en las acciones militares, ninguna escalada que interfiera con las perspectivas que ahora se vislumbran de lograr una paz real?”. Y otro insistioÌ: “¿Ha venido hoy a esta casa totalmente preparada para repudiar a los miembros del Partido Conservador y almirantes y generales retirados que ahora aparecen en televisioÌn diciendo que, en caso de ser necesario, se deberiÌa atacar el territorio argentino?”.
Thatcher respondioÌ que los argentinos habiÌan escalado la crisis e invadido las islas, y que a su gobierno le tocaba continuar con las actividades militares, aun en medio de las negociaciones, para que el invasor no siguiera incrementando su poderiÌo y reforzando sus posiciones para atacar a su voluntad.
Thatcher estaba decidida a lograr una victoria militar. La maquinaria beÌlica no debiÌa detenerse. No sacariÌa el dedo del gatillo durante las gestiones de paz. Ya no importariÌa que la Argentina, pocos diÌas despueÌs, en las Naciones Unidas, dejaría de exigir una fecha fija para la transferencia de la soberaniÌa y admitiera una negociacioÌn lisa y llana de la soberaniÌa, sin plazos perentorios.
La gestioÌn diplomaÌtica iba y veniÌa entre mediadores e interlocutores de ambos paiÌses, en distintos aÌmbitos. Se enredaba y perdiÌa urgencia mientras la guerra avanzaba.
El 8 de mayo, en Chequers, la residencia de campo oficial de gobierno —el mismo lugar donde se habiÌa decidido el hundimiento al crucero Belgrano—, se ordenoÌ el traslado de las tropas terrestres de la isla AscensioÌn hacia el AtlaÌntico Sur y se establecioÌ la fecha del desembarco entre el 18 y 22 de mayo. Thatcher tambieÌn avaloÌ la gestacioÌn de la opcioÌn maÌs extrema: eliminar el poder de destruccioÌn del enemigo, el sistema de armas del Super EÌtendard. Atacarlo en su punto de partida. (…)
Thatcher autorizoÌ el ataque al continente luego de una proposicioÌn de la Marina Real. La operacioÌn requeriÌa la participacioÌn de una fuerza especial que, en una accioÌn de alto riesgo, eliminara los aviones, los misiles y tambieÌn a los pilotos. (…)
Fuente: * Marcelo Larraquy es periodista e historiador (UBA) www.marcelolarraquy.com