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28 de mayo de 2022

Hace 59 años que Fernando no vaga más por Resistencia

Un 28 de mayo de 1963 dio su último salto, su último ladrido, pero la ciudad de Resistencia donde vivió aún lo recuerda y lo nombra, al punto de conmemorar el aniversario de su desaparición.

Por Roli Pérez Beveraggi

Un 28 de mayo de 1963 dio su último salto, su último ladrido, pero la ciudad de Resistencia donde vivió aún lo recuerda y lo nombra, al punto de conmemorar el aniversario de su desaparición.

¿Quién mejor que su protector Fernando Ortiz para contar su historia?

¿Fue el dueño o el creador del mito? Es inevitable: el hombre habla como si su mascota estuviera allí, acariciándole las piernas y enredándole sus recuerdos: “Fernando fue algo así como un regalo de Navidad. El 24 de diciembre de 1951 me encontraba en el bar Los Bancos. Había llegado a Resistencia desde Paraguay y debía seguir rumbo a Buenos Aires, ya que el 2 de enero debutaría en Radio El Mundo. Pero nunca más me fui. El encuentro con ese perro blanco, pequeño, fue casual. Cuando lo vi, tan chico, lo comparé con un capullo de algodón. Nadie lo llamó, pero él vino directamente a echarse a mis pies. Por ese entonces, teníamos una orquesta que se llamaba Rey Ortiz y cuando actuábamos, el perro solía acomodarse detrás del piano”, recordaba el viejo letrista.

A escasos metros de la plaza principal de la capital del Chaco se encuentra el Hotel Colón, lugar de residencia de Luis Fernando Ortega — éste es su verdadero nombre— a poco de su llegada del Paraguay.

“Allí me alojaba en la habitación 41, y Fernando me acompañaba. Al principio trataba de disimular su presencia, hasta que “Coco” Lucas, el dueño del hotel, lo descubrió. Sin embargo, yo creo que él comprendió que Fernando no era un perro más y por eso decidió colocarle una cucha para que pudiera descansar.

Los muchachos que se reunían en el Viejo Rincón lo bautizaron con mi nombre. Fernando me acompañaba a todas partes, estaba presente mientras tocábamos con la orquesta y me esperaba a la salida. Allí, casi siempre, me ladraba de una manera especial y yo sabía que ésa era su forma de invitarme a la plaza 25 de Mayo, donde cumplía una especie de rito: perseguir a los gatos. No los agredía, tan sólo parecía divertirse corriéndolos. Un solo gato logró hacerse amigo del perro. El animal era negro y vivía en el Viejo Rincón, y fue el único que se dio el lujo de jugar con Fernando y hasta de colgarse de sus barbas”.

El perro iba ganando la admiración y el cariño de la gente de Resistencia. Sus aventuras y su bohemia comenzaban a hacerse cada vez más populares.

“Fernando vagaba por todos lados, iba a dormir al Hotel Colón y después, a eso de las 6, se iba hasta la puerta del Banco Nación e ingresaba junto con todos los empleados. Sin embargo, él tenía un lugar de privilegio dentro del banco. Diariamente, el gerente le indicaba a una ordenanza que sirviera en un cacharro de aluminio el café con leche y las medialunas para Fernando. A veces me pregunto si no hablarían entre ellos. Tal vez eso era lo único que le faltaba a Fernando”.

   

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