11/01/2026
Martín Sivak: “Uno puede pasar una separación o un duelo sin escribir; para mí fue un modo de organizar mi desesperación”
Fuente: telam
El autor de “La Llorería” habla sobre su libro, en el que narra la historia de un fracaso amoroso, un viaje de aprendizaje con un periodista muy especial y la enfermedad y muerte de su madre
>Los periodistas contamos historias reales que les pasan a los demás. Algunas transcurren en el presente; otras pertenecen al pasado, pero forman parte de un pasado que persiste o bien porque sus efectos se sienten todavía o porque esa memoria aún representa algo importante o tiene cosas para decirles a las nuevas generaciones. Los periodistas, sobre todo en los últimos años, también hablamos de nosotros en primera persona. En algunas ocasiones, esa narración autobiográfica califica como estilo pero otras veces la autobiografía puede a su manera ser un capítulo de la historia de un país.
Martín Sivak nació en Buenos Aires, en 1975. Es licenciado en Sociología por la Universidad de Buenos Aires y doctor en Historia de América Latina por la Universidad de Nueva York. Trabaja como periodista, docente universitario y editor. Como autor publicó El asesinato de Juan José Torres, El dictador elegido, El Doctor, Santa Cruz: una tesis, Jefazo. Retrato íntimo de Evo Morales, Clarín. Una historia, Clarín. La era Magnetto, El salto de papá y Vértigos de lo inesperado. Algunos de sus libros han sido traducidos al inglés, chino, francés e italiano.
En La llorería, su nuevo libro (publicado por Alfaguara), Sivak vuelve a escribir sobre su pasado y también sobre el pasado de los otros. Como en El salto de papá, escribe un libro que pertenece al género conocido como autoficción o puede calificarse como una novela de no ficción, literatura hecha con la realidad y la propia vida. Estructurado en once partes o capítulos, algunos a la manera de un diario, La llorería va y viene en el tiempo y en los escenarios: por un lado, la historia amorosa y sufriente del narrador; por otro, la amistad de este narrador con un periodista británico mayor -un maestro, un padre a contramano-, a quien acompaña siendo él muy joven durante un viaje iniciático hacia el periodismo de alto riesgo: un periplo latinoamericano en búsqueda de historias sociales y políticas y también de grandes personajes para contar y filmar.Lo que sigue es la transcripción de una charla que mantuvimos con Sivak semanas atrás en un estudio de radio de Palermo, mientras grabábamos un episodio del podcast Vidas prestadas.
— Sí, una frase que tiene variaciones, ¿no? Desde que salió el libro, conocí nuevas variaciones, como “A llorar al campito”. O “A llorar a la AMIA”, que yo no sabía que se usaba mucho antes del atentado.
— Exactamente. E incluso la frase de mi papá, “a llorar a la llorería”, refería a esos momentos en que los más chicos perdíamos alguna competencia deportiva y era la forma de papá de decir: no lloren. Ahora, el otro día supe por Claudia Piñeiro, que trabajaba en la empresa de mi papá, que él la aplicaba no solamente a las cuestiones deportivas. Era como una especie de comodín para distintas circunstancias.
— Sí, sí. Con la salida del libro también me dijeron que tenía que ir a La Llorería de Madrid. Y, como todos los títulos, vos lo sabés muy bien, no es que el libro tenía un título, al contrario, fue cambiando. En un momento fue A llorar a la llorería y después quedó La llorería. En un momento consideramos solo Llorería. Y finalmente quedó ese título, que tiene algo de aquella frase.
— Ah, mirá. Muy buena observación. No lo había pensado. Obviamente hay lecturas de autoras mujeres han sido decisivas para mí en los últimos años. Estoy pensando en Annie Ernaux, en Vivian Gornick, en Joan Didion. Que ahí obviamente que no es ni imitación, ni copia.
— No, es biblioteca. Es enciclopedia.— Y eso también tiene que ver, lo pienso de esta manera, con los dos primeros libros que me acompañaron cuando empecé a escribir el libro, que son Una novela rusa, de (Emmanuel) Carrère, y Un hombre enamorado, de (Karl Ove) Knausgård. Algo parecido me pasó cuando escribí el libro de mi papá, y es que yo necesitaba saber que en la biblioteca existía ese género. Y con los años y por distintas circunstancias estas tres autoras, además de María Moreno, especialmente en Black Out, obviamente que fueron esas lecturas conmocionantes que te abren un mundo distinto. No lo había pensado en relación a la exhibición del llanto ni a la ropa. Me llamó mucho la atención lo que decís de la ropa porque si hay algo que me critican mucho mis amigos y mis amigas es que yo me visto muy mal y soy muy desprolijo.— Entonces puede ser eso, es como decir “bueno, como no aplica en mi caso, me voy a esforzar en ver la ropa de los demás”. (Risas)
— Sí, sí, — Tu libro tiene varios centros. Uno tiene que ver con el sufrimiento y las reflexiones acerca de la vida romántica del narrador. Pero también está esa otra parte que trata sobre la vida de Sean Langan, el periodista británico, un hombre acostumbrado al periodismo de alto riesgo, que fue secuestrado en una de sus coberturas. Y después, como acompañando esto, también están la enfermedad y la muerte de tu madre.
— Estás hablando de esos periodistas que eran muy de estar en los bares, de hablar extendido con las fuentes, con los protagonistas de las historias, ¿no es cierto?
— ¿Y cuando fuiste con Langan?
— Lo pensaste ahí mismo.
— Cuando hablas del perfil, te referís al artículo en el que en el libro él te dice que lo llamabas narcisista?
— (Risas).
— Eso aparece, sí.
— Sí, una deriva.
— Ah, ese aparece en el libro, sí. Y contás sobre un documental más reciente en Donetsk, del lado ruso de la guerra con Ucrania.
— Lo llamás “documento privado” y era escrito para vos pero para algunos amigos también, contás que ciertas cosas necesitás compartirlas con ellos.
— Te quería preguntar por el tema de la estructura y cómo terminas armando estas once partes, algunas que pertenecen a un diario, otras no. Tal vez hay lectores que aún piensan que todos los autores se sientan a escribir y el libro sale de una, de un tirón. Pero otras veces es muy de ir y venir la escritura, ¿no?
— Teniendo proyectos.
— Bueno, era de pronto razonable. Porque si hablamos de llorar, ese libro también te significó mucho llanto. Fue un libro muy poderoso.
— Sí habías llorado, claro.
— Sí, por eso mismo.
— Martín, se habla de autoficción, se habla de literatura del yo, también existe el concepto de novela de no ficción. ¿Vos cómo describirías este libro?
— En cuanto a tu madre, además de un perfil y un retrato amoroso, en tu libro se lee sobre una madre que estuvo muy presente. Hay comparaciones en relación a ciertas ausencias de la figura del padre. Hay dos cuestiones, una: la madre siempre estaba ahí para lo cotidiano, para lo necesario, para los cuidados, digamos, pero también estuvo ahí para quedarse viva pese a todo, ¿no? Quedarse viva ahí, para los hijos. Pero hay otra lectura de la figura de tu madre y es, frente a lo que tiene que ver con los fracasos amorosos del narrador, que es la única mujer verdaderamente enamorada que aparece en el libro, la única mujer enamorada hasta el final.
— Y hay un futuro.
— Y a la de su familia, a los orígenes, ¿no?
— Había empeorado.
— Bueno, por supuesto, tal cual lo señalás, uno entra con una idea y la escritura se impone y tiene como su propio derrotero, ¿no? Al mismo tiempo, tanto en un libro como en otro aparece esto de hablar de uno pero también de los otros. ¿Hay límites para hablar de los otros? ¿Te aparecieron esos límites? ¿Te sentís incómodo con eso? ¿Consultás, preguntás, te jugás?
— Está bueno eso de organizar la desesperación.
— A mí me gusta esta idea de “escribo porque no puedo no escribir”. O sea, no le pasa a todo el mundo eso, no nos engañemos.
— Ahí habías tomado notas.
— Lo que se lee en tu libro es una recuperación de esos diarios. No es una construcción de los diarios. Es la recuperación de esas notas.
— No lo habías pensado.
— ¿Él te ayudó a elegir esa foto?
— Es que me parece que la edad es la misma además, ¿no?
— Martín, a diferencia de tu amigo Sean, que habla incluso cuando no conoce el idioma y puede rápidamente entablar un vínculo con alguien, quien te conoce sabe que para vos esos vínculos vienen más trabajosos, por decirlo de algún modo, ¿no?
— Vos tenés una cosa por la cual te acercás a la gente, mirás de determinada manera y no hay altivez en eso y conseguís que de pronto alguien se entregue a hablar. En términos sociales sos más tímido, algo hosco, tal vez; no sos una persona exhibicionista. Hace un rato hablabas de la vergüenza que te da llorar en público o mostrar ciertas cosas. ¿Cuánto hay de todo esto en cómo estamos seteados en relación a “los hombres no lloran, los hombres no sufren, los hombres no muestran el sufrimiento”? Hablás siempre de tu padre como de alguien muy masculino en ese sentido.
— Sería, sí.
— Pero la época te convierte en influencer (risas).
— Bueno, está Historia del llanto, el libro de Alan Pauls.
— Siglos atrás hubo épocas en que los hombres lloraban muchísimo en la literatura, de manera que no es tampoco una novedad.
— Es reconstruir una historia que no es exactamente la tuya, ¿no? La podés mirar.
— Ah, sí, lo noté.
— ¿Hay algo de deudas saldadas? No hablo de ajuste de cuentas, hablo de deudas íntimas saldadas en estos libros.
— Soltar.
Fuente: telam



