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11/01/2026

La triple fuga que sacudió a la Argentina hace 10 años: un escape planificado, la cacería mediática y la caída de los Lanatta y Schillaci

Fuente: telam

El drama policial incluyó tiroteos, rehenes, funcionarios recién asumidos y decisiones arriesgadas. Una huida llena de giros inesperados y consecuencias para todos los involucrados

>Enzo Dupraz tenía 57 años y un pasado en la Policía de Santa Fe. Al verlo, supo que aquel hombre podía ser uno de los prófugos. Primero lo siguió con su camioneta, después a pie. Gritó la voz de alto y cuando lo tuvo cerca le preguntó si era Víctor Schillaci.

Era el inicio del fin. Incluso durante horas se creyó que era el cierre definitivo. Patricia Bullrich, entonces ministra de Seguridad, se lo comunicó en esos términos de clausura al presidente Mauricio Macri y él lo transmitió al país. El sábado 9 de enero de 2016, durante la mañana y el mediodía, se hablaba en plural: los prófugos habían sido recapturados.

Estaban lejos de ser fugitivos comunes. En diciembre de 2012, la Justicia los condenó a prisión perpetua por los homicidios de Martín Lanatta siempre sostuvo que la fuga fue planificada desde adentro, que guardias y mandos del penal de máxima seguridad de General Alvear los equiparon para salir. Los tres afirmaron que los dejaron huir y que esa libertad era una emboscada. ¿Para qué? Para matarlos, dijeron, y así evitar que señalaran a Todo comenzó durante la madrugada del 27 de diciembre de 2015 en el penal de General Alvear, cuando los tres criminales redujeron a un guardia. Pese a sus antecedentes y a que una jueza de ejecución penal había dispuesto otro lugar de detención, en ese momento los hermanos Lanatta y Schillaci estaban alojados en el área de Sanidad, sin cámaras, sin custodia especial y en celdas contiguas.

“Me atan con trapos —reconstruyó el oficial ante la Justicia—. Recuerdo que me dijeron ‘quédate tranquilo que no es con vos, de acá nos vamos a ir’”.

No hubiera sido posible esa fuga sin complicidad de una parte del Servicio Penitenciario”, dijo María Eugenia Vidal, entonces gobernadora de la provincia de Buenos Aires, en conferencia de prensa, pocas horas después de que trascendiera la fuga. “Y eso lo sabemos todos. Es más que evidente”.

El momento político era explosivo. Mauricio Macri y María Eugenia Vidal llevaban apenas 17 días en el poder. La fuga se politizó de inmediato. Cuatro meses antes, Martín Lanatta había señalado públicamente en el programa Periodismo Para Todos y ante la Justicia a Aníbal Fernández como una figura clave vinculada al triple crimen. Tras la recaptura, se desdijo, pero la denuncia ya había alimentado un clima de enorme tensión.

El último día del año, el 31 de diciembre de 2015, ocurrió Yudati recibió dos impactos en las piernas. Pengsawath, tres en el abdomen. Él pasó 22 días en coma. Ella estuvo internada cinco meses y estuvo a punto de perder un pie. El ataque terminó en la ruta, pero sigue en el cuerpo. Desde aquel día y hasta hoy, Pengsawath —que ahora tiene 32 años— fue sometido a 38 cirugías; la última, a fines de 2025, para reemplazar una malla abdominal que su cuerpo rechazaba. Yudati, de 43, atravesó 56 operaciones. Este año volverá al quirófano porque deben retirarle una placa de su pie.

Después del ataque a los policías, los prófugos sostuvieron la huida otros 11 días. En ese lapso, se trasladaron desde el interior de la provincia hasta el partido bonaerense de Berazategui, donde le robaron plata y una Renault Kangoo a la exsuegra de Cristian Lanatta. Acorralados en Buenos Aires, cruzaron a Santa Fe.

En zonas rurales de San Carlos se tirotearon con Gendarmería. Hirieron a efectivos —a uno de gravedad— y robaron sus armas y vehículos oficiales. Con las fuerzas federales y provinciales detrás, recurrieron a otra maniobra. En un paraje, secuestraron a un ingeniero agrónomo y lo obligaron a sacarlos de la zona. El rehén los llevó a su departamento en la ciudad de Santa Fe.

El hombre vivía solo. Lo maniataron. Se cambiaron de ropa. Comieron y tomaron agua. Se sentían con suerte: la camioneta de la víctima era una Amarok blanca, idéntica a las que usaba Gendarmería.

“Nos fijamos por Internet cómo era exactamente el modelo original de esa fuerza —le relató Martín Lanatta al periodista y escritor Rodolfo Palacios—. Y decidimos copiarlo. Víctor [Schillaci] salió camuflado a comprar vinilo y un cúter”.

Los hermanos Lanatta y Schillaci dijeron que huían sin plan, a la deriva: escapando de quienes los ayudaron a escapar. Querían salir de la zona de fuego. Una opción era cruzar la Triple Frontera hacia Ciudad del Este, en Paraguay. Pero también, antes y después, contemplaron otras alternativas.

Aún más audaz, o descabellado, contemplaron Dios o el destino quiso que el raid de los fugitivos comenzara a detenerse en la zona rural de Campo del Medio, a 90 kilómetros de la capital santafesina. El 9 de enero, a bordo de la Amarok robada, los prófugos pasaron por dos puestos de seguridad, sin detenerse y a toda velocidad. Lo que levantó sospecha.

En el vuelco, Martín Lanatta sufrió una herida en la cabeza y otra en un ojo. Fue el más afectado. Sus compañeros lo sacaron de entre los fierros torcidos. Y siguieron los tres a pie, con las armas, sin rumbo claro.

Golpearon la puerta. El hombre que abrió ya sostenía una escopeta. Le dijeron que eran gendarmes, que buscaban a los prófugos. El dueño de casa entendió la situación. Los fugitivos eran ellos. Hizo un cálculo de supervivencia: si disparaba, mataba a uno; los otros lo mataban a él. Bajó el arma. Pidió que no le hicieran daño. Que se llevaran su camioneta.

Antes de salir, uno de ellos preguntó:

—No, llévenlos.

¡Veinte pesos me tiraron! —diría Ferreyra después, frente a las cámaras—. ¡Veinte pesos!

Otra vez, los Lanatta y Schillaci quedaban a pie.

Cristian Lanatta y Víctor Schillaci vieron una arrocera a la distancia y propusieron ir hacia ese lugar. Martín Lanatta pidió parar. Dijo que necesitaba sentarse un momento. Les indicó que siguieran. Que después los alcanzaría. Ellos dudaron. Lanatta los apuró. Les gritó que se fueran. Y se fueron.

El arma que llevaba colgada al hombro se volvió una carga. La enterró. Cayó al suelo y volvió a levantarse. A lo lejos vio movimiento. Era un hombre. Lanatta quiso llegar hasta él. Deseaba agua.

Martín Lanatta y el peón rural quedaron frente a frente. El hombre preguntó qué buscaba. Lanatta pidió agua para tomar una pastilla. Dijo que venía de Buenos Aires. Que había tenido un accidente. Repitió el pedido.

Entonces apareció Enzo Dupraz, vecino del lugar y policía retirado de Santa Fe; la persona que detuvo a Martín Lanatta y lo confundió con Schillaci.

Tenía la cara rota: el ojo izquierdo era una bola violácea y un hilo de sangre seca le bajaba por la nariz. Estaba flaco, sucio, con la camisa abierta y la piel pegada al hueso.

Cristian Lanatta y Schillaci se habían refugiado en un molino arrocero de la firma Spaletti, en Cayastá. El propietario de la empresa estaba de vacaciones en Brasil y le había indicado a su encargado que no fuera a trabajar, por si acaso se encontraba con los fugitivos.

Llegó al predio en moto. Todo parecía tranquilo y no esperó a las fuerzas, entró. Revisó el taller y cada una de las calles del molino. No vio nada fuera de lugar. Caminó hasta un tractor y se quedó ahí, a la espera de los oficiales. En ese momento, aparecieron.

—Ni idea, señor.

—Seguro sabés quiénes somos —dijo Cristian Lanatta.

—Te hacés el gil —dijo Schillaci—. Somos los prófugos.

Asintieron.

Los tres entraron a un galpón. Los prófugos pidieron agua y comida. Señalaron un trozo de carne del congelador y dijeron que querían ponerlo a la parrilla. El encargado les explicó que no era asado, sino carne con hueso para los perros.

Quisieron bañarse. Fueron a los vestuarios. Se ducharon. Como los mamelucos de los peones rurales les quedaban grandes, usaron ropa que el encargado traía en su mochila.

Mientras intentaba sostener la charla, el encargado abrió un ventiluz. A lo lejos vio una patrulla. Su acción generó inquietud en los prófugos que le ordenaron volver a abrir la ventana y entonces también ellos vieron a los oficiales.

Todo pasó muy rápido.

Ya era tarde.

En Cayastá hubo festejos en la plaza principal. El pueblo empezó a promocionarse con la triple fuga. La oficina de turismo registró la frase “Cayastá, un pueblo que te atrapa” y propuso una visita guiada por “la ruta de los fugitivos”.

Dupraz murió en febrero de 2025. El empleado del molino, tras ser despedido de la arrocera, encadenó empleos ocasionales y tareas como jornalero. Hoy está radicado en Helvecia.

Por los delitos cometidos durante la fuga, los hermanos Lanatta y Víctor Schillaci pasaron por cuatro juicios orales. En todos fueron condenados. Las sentencias se acumularon sobre una pena que ya era definitiva: la prisión perpetua por el triple crimen de General Rodríguez confirmada en 2016 por la Corte Suprema de Justicia de la Nación.

En el Módulo VI, el día tiene 20 horas de celda. Las cuatro que sobran se usan para la ducha o actividades recreativas. Los presos tienen una sola llamada semanal: 20 minutos a un número registrado en forma previa. Y las visitas son cada quince días y duran una hora. Solo asisten familiares directos.

La fuga terminó hace diez años. El encierro sigue; la vigencia del poder de los criminales también.

Fuente: telam

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