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18/01/2026

Eutanasia, nueva longevidad y desigualdad: quién decide el final de la vida cuando el dolor y la dependencia se extienden por años

Fuente: telam

El debate volvió a escena con una película romántica, pero abre preguntas incómodas sobre autonomía, egoísmo, cuidados paliativos y el riesgo de elegir morir en sociedades que no garantizan el derecho a no sufrir

>La chica de pueblo, alegre y charlatana, que le devuelve la alegría de vivir al joven millonario después del accidente que lo dejó postrado promete ser una historia de amor desde Heidi en adelante. Mucho más si es en la campiña británica. Así de relajada me senté a ver Antes de ti, primera en el ranking de Netflix en Argentina. Y sigo llorando y pensando, tres días después. Es una historia de amor, sí, pero también de decisiones trascendentes: quién puede decidir sobre nuestro cuerpo y nuestra vida, qué dolores se consideran tolerables y de qué lado de la mecha está el egoísmo cuando todos dicen amar y querer lo mejor.

El caso de Karen Quinlan abrió el camino hacia lo que después se llamó “muerte digna”: retirar soportes, rechazar tratamientos, permitir que el cuerpo termine su trabajo sin encarnizamiento. Un paso que hoy parece asumido en la mayoría de las culturas y las legislaciones. Pero más allá de ese consenso, la eutanasia sigue siendo un tema tabú y provoca tantas o más divisiones que cuando se dio el debate sobre la legalización de la interrupción voluntaria del embarazo.

La nueva longevidad y la perspectiva de alargar la vida muchos años reconfiguran el debate. Vivimos más. Se prolongan diagnósticos, tratamientos, dependencias. Hay más años por delante y, con ellos, más tiempo para el desgaste. La pregunta ya no es solamente cuánto vamos a vivir. Es cómo. Y, en el borde, otra que incomoda: primero, hasta cuándo. Y después, quién decide eso.

Hijos que sienten que sus padres están resolviendo mal situaciones económicas, que eso los despojará de su herencia o que, al menos, los dejará llenos de problemas por resolver. ¿Cuál es hoy el límite de la autonomía y la voluntad en una sociedad que parece empujarnos cada vez más rápido a cruzar la frontera de los cien años?

Hay otra dimensión que planteó hace poco Soledad Silveyra en una entrevista televisiva. Dijo que estaba a favor de la eutanasia, que ya había averiguado, que sabía cuánto costaba y cómo se hacía. Lo planteó desde, precisamente, no ser egoísta: no representar una carga para su familia. Y ahí aparece otra frontera. Hacerse cargo de lo que uno cree que los demás pensarán o sentirán. No ser una carga para otros puede ser generosidad pura. La cuestión es si, en determinado momento, ese gesto no está atravesado por mandatos más que por deseo propio. ¿Qué pensará la familia? Y si están todos de acuerdo, ¿egoísta es el individuo o el sistema que deja elegir solo a quienes pueden pagar o viajar a Suiza, o a Uruguay?

Cada voz que se suma al debate vuelve visible algo central: el tema no se agota en lo médico ni en lo jurídico. Es también una discusión sobre vínculos y Estado, sobre autonomía e igualdad.

Hay, sin embargo, un punto ciego que vuelve deshonesto cualquier debate sobre eutanasia si no se lo nombra: los cuidados paliativos. La Organización Mundial de la Salud los define como un enfoque destinado a mejorar la calidad de vida de pacientes y familias frente a enfermedades amenazantes, mediante la prevención y el alivio del sufrimiento físico, psicosocial y espiritual. En sociedades desiguales, esa definición choca con una realidad incómoda: no todos acceden al derecho básico a no sufrir dolor. Por eso la pregunta es legítima y no puede ser esquivada: ¿se elige morir o se es empujado a pedirlo por la falta de cuidados, de acompañamiento, de alivio del dolor? Sin ese piso mínimo, la libertad de decidir el final de la vida corre el riesgo de convertirse en una decisión condicionada por la desigualdad.

El nombre de Stephen Hawking suele aparecer cuando se habla de las distintas visiones sobre la vida con ELA. Una mente brillante que logró sobreponerse a todo y que, como él mismo sostuvo, vivió desde los 21 años sabiendo que estaba siempre al borde de la muerte. Hawking fue variando su posición sobre la eutanasia. Después de haber dicho que no estaba de acuerdo porque aun en su condición sentía que tenía mucho por hacer y aportar, en los últimos años defendió reiteradamente la posibilidad de una muerte asistida. “No pienso morirme hasta no desentrañar todos los secretos del universo”, dijo alguna vez, pero luego concedió una entrevista a la BBC en vísperas del debate sobre la ley de eutanasia en Inglaterra: “No permitimos que los animales sufran; entonces, ¿por qué llevar el dolor humano más allá de los propios deseos?”. Agregó que la consideraría en tres circunstancias: no tener esperanza, sentir un dolor insoportable o ser una carga para los demás. Pero solo si quedaba claro que era por voluntad propia y no por presión o decisión de otros.

Como en todos los grandes debates en los que está involucrada la vida humana, el sufrimiento y la libre elección, las divisiones no siguen líneas previsibles.

Está, finalmente, el gran debate: la eutanasia. Y aquí aparece el espejo más incómodo, el que nos atraviesa cuando pensamos la nueva longevidad. Lo plantean los países nórdicos al sumar a los puntos de Hawking la idea del “tired of living” o “vida completada”. Personas muy mayores, sin enfermedades complejas, que simplemente dicen: ya está. Se hizo muy largo. No tiene sentido levantarme cada mañana. ¿Para qué hacer el esfuerzo de salir de la cama, vestirme, sentarme, si no va a pasar nada hasta que vuelva a sacarme la ropa y acostarme a la noche? No es solo soledad. No es solo aburrimiento. Es algo más profundo: suéltenme, ya está.

No hay forma de entrar a este debate con posiciones terminantes o predefinidas. No alcanza el romanticismo del “yo decido” porque dependemos de otros y otros dependen de nosotros. Porque muchas veces decide el sistema de salud, el acceso, quien cuida o el dinero.

Fuente: telam

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