Jaime Bayly reconstruye los tres días que sacudieron a Venezuela en 2002: “Chávez fue un militar, pero también un animador de televisión”
El autor peruano publica “Los golpistas”, una novela basada en la Historia. “Los propios conspiradores se arrepintieron”, dice. Así empieza su libro, que sale este miércoles
>Vuelve Jaime Bayly. Jaime Bayly el mordaz, Jaime Bayly el provocador, Jaime Bayly el escritor. Todo junto. Vuelve con Los golpistas una novela que se lanza este miércoles 11 por Galaxia Gutenberg y donde reconstruye con su estilo los tres días de abril de 2002 en que Hugo Chávez perdió —y recuperó— el poder en Venezuela tras un golpe militar fallido. A partir de una investigación periodística y literaria, Bayly narra el desconcierto de los golpistas, la confusión en los cuarteles y el papel de Fidel Castro en la supervivencia del presidente.
El autor peruano explora la personalidad contradictoria de Chávez, un militar fascinado por la televisión: “Chávez fue un militar, pero también un animador de televisión. Era un militar atípico: le encantaban las cámaras, le gustaba hablar en público, era un comediante ocasional, vivía para salir en la televisión. Por eso tuvo tanto éxito en sus primeros años en el poder. Los pobres lo querían, no se perdían sus apariciones en la televisión, se reían con él. Para bien o para mal, era el gran animador del país y vivía obsesionado con los ratings de audiencia”, dijo a la prensa.
El libro recurre al humor y al realismo irónico. Bayly apunta: “El golpe fallido pudo cambiar la historia de Venezuela, de haber triunfado. Pero los jefes golpistas eran todos bastante cortos de miras”.En la novela, los diálogos y las escenas cargadas de ironía permiten ver las motivaciones y contradicciones de los personajes: “—Tienes mi palabra. Serás mi embajador en Madrid. —Y si no te molesta, Efraín, a mi hermano lo nombrás embajador en Lisboa. —¿Y eso, por qué? —Porque me estoy cepillando a mi cuñada”.Aquí, el comienzo de la novela:
Abril, 2002–¡Firme su renuncia ahora mismo! –le gritó el general Efraín Velásquez, comandante general del Ejército, al presidente venezolano Hugo Chávez.–¡No firmo nada, carajo! ¡No renuncio ni renunciaré! ¡Soy el presidente constitucional de este país!
Luego bebió agua, encendió un cigarrillo y buscó consuelo en la añosa mirada de José Vicente Rangel, su ministro de Defensa, quien, sentado a su lado, le dijo, alisándose un bigote crecio en canas:–No firmes nada, Hugo. Si no firmas, es un golpe de Estado.A su lado, se apandillaban dos altos jefes militares: el general Manuel Rosado, todavía más gordo que el amotinado Velásquez, tan gordo que su rostro parecía un globo y su cuerpo embutido en el uniforme daba la impresión de estar a punto de reventar, y el general Lucas Rondón, de pelo negro y anteojos de intelectual, quienes, comandados por Velásquez, el jefe de la conspiración, habían llegado al palacio de Miraflores en un corto vuelo en helicóptero desde Fuerte Tiuna.
–¡No es una traición! –prosiguió, todavía de pie, golpeando la mesa, agitando sus mofletes, el general Velásquez–. ¡Es una posición de solidaridad con el pueblo venezolano! –bramó, y los generales sentados a su lado asintieron, moviendo dócilmente la cabeza.El general Velásquez estaba indignado con el presidente Chávez. Se sentía humillado, desairado por el jefe del Estado.Acorralado, temeroso de que la multitud llegase hasta su despacho y lo linchase o quemase vivo, como él sabía que a veces morían los déspotas, Chávez había dado instrucciones para que sus brigadas paramilitares se apostaran en los techos de los edificios vecinos al recorrido y, desde allí, los francotiradores más avezados disparasen contra la multitud, en particular contra la vanguardia de aquella algarada. Al ver por televisión que el presidente Chávez había ordenado a sus francotiradores que disparasen a los opositores que se dirigían a la casa de gobierno, el general Velásquez y los jefes de la Armada, la Guardia Nacional y la Aviación decidieron, ardiendo en furia, sintiéndose traicionados, que Chávez, el felón, debía caer, que Chávez, el pérfido, debía ser desalojado del poder, que Chávez, el golpista, debía ser depuesto mediante un golpe de las fuerzas armadas.
–¡Le fui leal hasta hoy, señor presidente! –gritó el general¡Ni mis compañeros de armas ni yo toleramos las violaciones a los derechos humanos ni los crímenes que su gobierno ha cometido hoy, atacando a una marcha pacífica y matando a personas inocentes!
–Si no firma su renuncia, señor presidente, yo anunciaré en la televisión que usted ha renunciado y la gente me creerá y habrá júbilo en las calles. Le ruego que firme. Porque si usted entra en razón y firma su renuncia, no irá a la cárcel y lo dejaremos salir al extranjero.
–¡No firmo nada, carajo! –rugió Chávez, y arrojó al piso el papel que Velásquez y Rondón habían redactado en Fuerte Tiuna, el acta de renuncia del jefe de Estado–. ¡A mí me eligió el pueblo, y solo el pueblo puede sacarme del poder! ¡Ustedes, miserables, no han sido elegidos por el pueblo! ¡Yo los he nombrado en los cargos que ocupan! ¡Me deben lealtad a mí, partida de escuálidos traidores!
–No es un golpe. Es un pronunciamiento institucional apegado a la Constitución.
–Estoy en sus manos, señores generales. Hagan conmigo lo que ustedes crean conveniente. Pero yo no voy a renunciar ni a firmar esos papeles apócrifos que me han traído.
Fuente: telam