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8 de septiembre de 2023

"Santa rosa y la tormenta", por Alberto Solis Bonastre

*(El autor es periodista cultural, escritor. Columnista de DIARIO NORTE y www.argentinaenlinea.com.ar entre otros medios locales y nacionales).

 

Según cuentan los isleros, la temporada de las tormentas se inicia los
últimos días de agosto, justo cuando el frío del invierno
comienza su retirada para dejar paso a una nueva
primavera, cuando florecen los lapachos y las aves comienzan a armar sus
nidos que luego se llenarán de pichones. El 30 de Agosto es Santa Rosa, y a nuestra región, el litoral y el Nea, llega antes, durante o después de esa fecha. Este año, 2023, llegó después, y la estamos padeciendo, etapas.  La tormenta trae inundación, y a
la ribera del Paraná la sepulta el río. En el invierno del 82,
durante un aguacero de casi dos días sin cesar, según los diarios, hubo un
récord de víctimas en el litoral.
En esta misma cuadra muchos se acuerdan del bebé que en plena noche se
tragó el río mientras los padres trataban de subir a un bote. El bebé se le
resbaló de los brazos a la
madre. Y nadie lo volvió a ver. Por eso, apenas el
viento sopla trayendo del río ese olor a fruta
amarga, los vecinos se alarman. Sin embargo, aunque
vive a pocos metros de la orilla, don Miguel, pescador del Paraná, no le
teme al río.
Estudiando el cielo, la dirección de las nubes y la
corriente que se va poniendo nerviosa, el viejo capitán de isla sabe
de antemano cuando viene la creciente. Nació en esta
zona de la ribera, creció en esta zona, y cada vez que
se mudó volvió a la costa. Vida de pescador.
Y ahora en esta tarde de fines de agosto “el mes bravo” (por eso la caña con ruda del primero del mes ocho del año), mientras se sirve una ginebra, se pone a esperar que arremeta las aguas
del Gran Río. Porque esta creciente va a ser brava.
Además es 30 de agosto, Santa Rosa. Al igual que la isla donde pasó gran
parte de su vida, ubicada entre las costas de Chaco y Corrientes.
Que la santa de la tormenta, la isla donde mora y su mujer ausente se
llamen igual, le da para pensar un buen rato. Rosa odiaba vivir en la
ribera. Un día de éstos nos va a llevar la creciente,
le decía Rosa. A vos te gustaría una muerte así, murmuraba. Cuando se encrespaba, Rosa era como esta
tormenta que amenaza, se acuerda Don Miguel. Pero a
vos Dios no te va a dar el gusto de que te arrastre el
río, le decía ella. Porque antes te van a reventar el
hígado y los pulmones por la ginebra y los cigarros seguro. Y él se reía
cuando Rosa le pronosticaba que se iba a morir del corazón.
Ella le tenía una paciencia santa, piensa. Y si no se
murieron de hambre esa vez cuando lo despidieron del
frigorífico de Puerto Vilelas, después de aquella huelga, fue por lo que
Rosa ganaba lavando, planchando y cocinando para otros. A él, que

había sido delegado gremial, le costó encontrar trabajo en Barranqueras. Por eso decidieron luego mudarse a la Isla.
Tenían una hija. Y Rosa no quería que ella se empleara
hasta que terminase de estudiar. Pero la hija no
terminó el bachillerato y se juntó con un buen muchacho, mecánico él. Y se
quedó a vivir en la ciudad portuaria, donde prontamente le dieron nietos
que alegraron su vida.
Ahora, en la isla se cortó la luz. Y aunque
amaneció, afuera parece de noche. El viento envuelve
la casa con las primeras ráfagas de lluvia. Y cada
ráfaga se atraganta en las puertas y ventanas.
Don Miguel prende la radio portátil. Pero se quedó casi sin
pilas y apenas se escucha. Un informativo transmite
noticias de la tormenta.
Vientos de noventa kilómetros. Doscientas personas
evacuadas en la costa correntina, dice la radio, entre
interferencias y frituras. Durante la última
inundación, Don Miguel se negó a ser evacuado cuando
la lancha de Prefectura vino por él.

No estaba dispuesto a abandonar
lo poco que había conseguido con años de trabajo duro,
entre pequeñas alegrías y grandes sinsabores. Además,
se lo había prometido a su mujer, al borde de la cama
del hospital donde pasó sus últimos días antes que se
la llevara el cáncer, hace un puñado de años. Su
hija pasaba los días y las noches sentada al lado de
Rosa, mientras estudiaba sus  ajados libros escolares.
Luego Miguel y su hija se quedaron solos junto al río.
Tuvieron que empezar de nuevo sin Rosa, “la reina del
río”, le decía cariñosamente don Miguel entre risas, mates y tortas fritas,
 en aquellas tardes cuando el sol se marchaba
sobre la costa chaqueña.
Ahora el silencio envuelve la ranchada. Sólo el ruido
de las ranas, una bandada de teros y chajás que huyen por el cielo oscuro de temer, y un trueno que, de tanto en tanto, anuncia
la tormenta, alteran a los perros que descansan en el
pequeño patio, ahora ladrando con ganas hacia el cielo y hacia el río. Don Miguel se queda dormido, vencido
por el cansancio y el sueño del pobre.
De pronto el viento vuelve a soplar con una fuerza
descomunal. El rancho se conmueve y Miguel se
sobresalta con las ramas de los árboles que golpean las paredes de
madera y adobe.
sacudidas por el vendaval. El río, que fuera su vida
durante muchos años, ahora comienza a entrar por la
puerta del rancho. La marejada ya alcanza los pies de la mesa
de la humilde morada que habían levantado con Rosa,
donde habían criado a su hija.
En medio del vendaval, don Miguel siente miedo por
primera vez. Agarrado al viejo camastro, y mientras el
agua comienza a invadir su rancho, le hace frente al
temor, al inminente final. 
Prende como puede un cigarro medio húmedo, se sirve la última ginebra y vuelve a pensar en Rosa.
En una de ésas dice, el río va a llevarlo por fin con su mujer.

 



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