28 de febrero de 2026
Es detective privado hace 35 años y experto en casos de infidelidad: “Antes de buscar la verdad hay que prepararse para enfrentarla”

Miguel Ángel Maiolino tiene 65 años, es expolicía aeroportuario y director de la Academia de Detectives Newbery. “Resuelvo 8 de cada 10 casos que me traen los clientes”, aseguró el investigador, quien también se especializa en fraudes y conflictos empresariales
Hoy la capacitación dista mucho de aquella modalidad epistolar que proliferó en los años 80 con avisos en diarios y revistas que ofrecían una formación a distancia. Los cursos pueden durar entre uno y dos años, combinando clases presenciales y virtuales. La actualización tecnológica es clave: análisis de información digital, prevención de hackeos, rastreo en redes sociales y manejo de software especializado forman parte del programa.
Con respecto al perfil de los nuevos aspirantes a detectives privados, Maiolino dijo que conforman un mosaico heterogéneo: “Hay ex policías y militares que buscan independencia después de años bajo estructura jerárquica; abogados y estudiantes de derecho interesados en complementar causas de divorcio, peritos criminalísticos y también jóvenes atraídos por la mística de la investigación policial”.
Aunque la infidelidad sigue siendo uno de los motivos más frecuentes de consulta, no es el único. “Los pedidos abarcan desde búsquedas de paradero, jóvenes que se van de casa por problemas familiares, padres que desaparecen con hijos y hasta conflictos empresariales: sospechas de socios desleales, robos internos o filtración de información sensible”, precisó el detective.También están las empresas medianas y grandes que envían a sus empleados a capacitarse: “Jefes de personal o responsables de seguridad se forman para detectar fraudes, prevenir maniobras internas irregulares y manejar mejor situaciones conflictivas”. En ese sentido, la investigación privada se cruza con áreas como la criminología y la criminalística.Cada caso comienza con una entrevista detallada. El cliente aporta horarios, rutinas y cualquier dato que permita evaluar la viabilidad del seguimiento. A partir de allí se define la estrategia: cantidad de personas involucradas, vehículos necesarios, tiempo estimado y costos.
Los costos varían según la complejidad, pero una investigación básica de una semana de duración puede arrancar entre 600.000 y 800.000 pesos. El monto depende del tiempo requerido y de los recursos técnicos empleados.
En infidelidad, la estadística es clara: “Resuelvo 8 de cada 10 casos”. En cuestiones comerciales complejas, la tasa de éxito desciende a un 60% por las dificultades para rastrear movimientos de quienes disponen de mayores recursos.
Uno de los episodios que mejor ilustra la sofisticación actual ocurrió en Barrio Norte. Mientras seguía a un gerente de una multinacional, Maiolino notó maniobras extrañas: el hombre miraba insistentemente los espejos y realizaba desvíos inusuales. Tras abortar el seguimiento y hablar con el cliente, descubrieron que la vivienda estaba intervenida y que la conversación telefónica en la que se contrató el servicio había sido escuchada. “El investigado sabía que lo estaba siguiendo”, recordó.Hubo otro caso que lo marcó especialmente porque fue muy mediático. Ocurrió en los años noventa. Empezó como una investigación por engaño conyugal, pero escaló a otro nivel. “Había gente de la política, gente del fútbol. Desde un jugador muy famoso en todo el mundo a familiares de un presidente de esa época”, dijo sin brindar mayores detalles para preservar a los clientes.Y si bien las infidelidades son el “pan cotidiano” de la profesión, la infiltración en una secta fue el capítulo más extremo de su carrera. El hecho tuvo lugar en los años ochenta mientras aún trabajaba en la Policía Aeronáutica. “Empecé en Mar del Plata en el 81 y terminé en el 86. Llegué a ocupar un cargo jerárquico dentro de la estructura piramidal. Había muchos chicos desaparecidos que estaban ahí, a los cuales mandaban a Brasil o Uruguay. Mi función fue observar, identificar los financiamientos que recibían y establecer las conexiones internacionales”, precisó.
Otra de las investigaciones que más impacto tuvieron en su carrera comenzó con una sospecha de abandono. Una mujer llegó al estudio convencida de que su marido no solo la engañaba, sino que llevaba una vida paralela. Las ausencias eran cada vez más frecuentes y los gastos no cerraban. Maiolino inició el seguimiento y pronto detectó una rutina alternativa: otro domicilio, en otro barrio, al que el hombre acudía con la naturalidad de quien vuelve a casa.
El informe incluyó registros fotográficos y documentación de la convivencia sostenida en el tiempo. La revelación no solo significó el final del matrimonio formal, sino que abrió un conflicto patrimonial y emocional complejo. “Aunque en estos casos la prueba no repara el daño, permite enfrentar una verdad que, aunque dolorosa, ya no admite dudas”, reflexionó.
En un contexto donde la desconfianza y los conflictos interpersonales no disminuyen, su figura sigue vigente. Pero, como concluye Maiolino, “antes de buscar la verdad, conviene preguntarse si se está preparado para enfrentarla”.
Y si bien las infidelidades son el “pan cotidiano” de la profesión, la infiltración en una secta fue el capítulo más extremo de su carrera. El hecho tuvo lugar en los años ochenta mientras aún trabajaba en la Policía Aeronáutica. “Empecé en Mar del Plata en el 81 y terminé en el 86. Llegué a ocupar un cargo jerárquico dentro de la estructura piramidal. Había muchos chicos desaparecidos que estaban ahí, a los cuales mandaban a Brasil o Uruguay. Mi función fue observar, identificar los financiamientos que recibían y establecer las conexiones internacionales”, precisó.
Otra de las investigaciones que más impacto tuvieron en su carrera comenzó con una sospecha de abandono. Una mujer llegó al estudio convencida de que su marido no solo la engañaba, sino que llevaba una vida paralela. Las ausencias eran cada vez más frecuentes y los gastos no cerraban. Maiolino inició el seguimiento y pronto detectó una rutina alternativa: otro domicilio, en otro barrio, al que el hombre acudía con la naturalidad de quien vuelve a casa.
El informe incluyó registros fotográficos y documentación de la convivencia sostenida en el tiempo. La revelación no solo significó el final del matrimonio formal, sino que abrió un conflicto patrimonial y emocional complejo. “Aunque en estos casos la prueba no repara el daño, permite enfrentar una verdad que, aunque dolorosa, ya no admite dudas”, reflexionó.
En un contexto donde la desconfianza y los conflictos interpersonales no disminuyen, su figura sigue vigente. Pero, como concluye Maiolino, “antes de buscar la verdad, conviene preguntarse si se está preparado para enfrentarla”.
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