Jueves 2 de Abril de 2026

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2 de abril de 2026

Un lavado de pies inesperado, un pan partido y el beso de la traición: así comenzó la sucesión de hechos que cambiaría la historia

Los acontecimientos del Jueves Santo inauguran el drama que desembocará en la cruz. La fidelidad de Jesús a su misión, la debilidad de sus amigos y las bases de una liturgia que atravesará los siglos

Para los cristianos, el Jueves Santo abre el corazón mismo del misterio pascual. Es la primera jornada del Triduo, ese tiempo denso que no se mide en horas sino en acontecimientos decisivos. En esa jornada se concentra el drama que desembocará en la cruz. Todo parece suceder en una única noche vertiginosa: una cena cargada de símbolos, un gesto desconcertante, palabras que fundan una liturgia milenaria, una traición sellada con un beso, un juicio irregular, una negación dolorosa. Sin embargo, varios historiadores advierten que los hechos narrados por los Evangelios difícilmente hayan ocurrido todos en el lapso de unas pocas horas. La tradición los ha comprimido en una secuencia dramática; la historia, en cambio, intenta desentrañar los tiempos y los calendarios.

El físico y estudioso bíblico Colin Humphreys, profesor en la Universidad de Cambridge, propuso que las aparentes diferencias cronológicas entre los relatos del Evangelio según San Mateo, Evangelio según San Marcos y Evangelio según San Lucas respecto del Evangelio según San Juan podrían explicarse por el uso de calendarios distintos. Según su investigación, expuesta en El misterio de la Última Cena, Jesús habría celebrado la cena pascual siguiendo un antiguo calendario judío diferente del oficial del Templo. Humphreys concluye que la fecha más probable de aquella cena es el 1 de abril del año 33 d.C. De ser así, también el arresto, los interrogatorios y el proceso no habrían transcurrido exactamente como una narración lineal en una sola noche. Incluso sugiere que el primer domingo de abril de ese año, según nuestro calendario gregoriano, podría corresponder con la mañana de la Resurrección. La fe no depende de una fecha exacta, pero la historia ayuda a comprender mejor el escenario en el que se movieron aquellos hechos.

El relato evangélico sitúa el comienzo del drama en un gesto inesperado. En el capítulo 13 del Evangelio según San Juan se lee: "Antes de la fiesta de la Pascua… Jesús se levantó de la mesa, se quitó el manto y, tomando una toalla, se la ciñó; luego echó agua en una vasija y comenzó a lavar los pies de los discípulos" (Juan 13, 2-5). La liturgia cristiana —católica, ortodoxa y también algunas comunidades protestantes— recrea cada año ese gesto que invierte las jerarquías. En el Oriente antiguo, ofrecer agua para lavar los pies era un signo elemental de hospitalidad hacia el viajero. El libro del Génesis recuerda cómo Abraham hizo lavar los pies a sus huéspedes misteriosos; también se narra el lavado ofrecido a los siervos de Eliezer o a los hermanos de José. Pero siempre era tarea de esclavos o servidores, jamás del dueño de casa. Que el Maestro adopte la posición del siervo desconcierta.

Pedro encarna ese desconcierto. Se resiste: no concibe que aquel a quien llama Señor se incline ante él. La respuesta de Jesús introduce una lógica nueva: "Si no te lavo, no tendrás parte conmigo". Y más adelante añade: "Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros" (Juan 13, 13-14). El gesto no es un acto aislado de humildad; es la síntesis de su enseñanza. El servicio desplaza al poder. La alteridad —el otro como prioridad— sustituye al yo como centro. Cuando afirma "ustedes están limpios, aunque no todos", el evangelista deja entrever que la sombra de la traición ya está presente en la sala.

Después del lavatorio, el grupo se dispone a cenar. No es una comida cualquiera. Todo indica que se trata de un seder de Pesaj, la cena ritual con la que el pueblo judío conmemora la liberación de Egipto. Habitualmente es una celebración familiar, pero esa noche Jesús comparte la mesa solo con los Doce. La iconografía posterior, desde los mosaicos de la Basílica de San Apolinar Nuevo hasta la célebre pintura de Leonardo da Vinci, ha imaginado la escena de múltiples maneras. En tiempos de Jesús no se comía sentado en sillas como en el arte renacentista, sino reclinado sobre cojines, al modo romano.

El relato del Evangelio según San Lucas recoge palabras decisivas: "He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes antes de padecer… Porque les digo que ya no la comeré más hasta que tenga su cumplimiento en el Reino de Dios" (Lucas 22, 15-16). Luego toma una copa, pronuncia la bendición y la comparte; parte el pan y declara: "Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes; hagan esto en memoria mía". Y sobre la copa añade: "Esta copa es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por ustedes" (Lucas 22, 19-20). Con esas frases, repetidas durante veinte siglos en las liturgias cristianas, se instituye el gesto central de la Eucaristía. Más allá de las interpretaciones teológicas posteriores —transubstanciación, consubstanciación o memorial simbólico—, el núcleo permanece: pan y vino vinculados a su entrega.

La tradición judía habla de varias copas en la cena pascual. Algunos autores sostienen que Jesús habría tomado la llamada "copa de Elías", reservada en la mesa en espera del profeta que debía anunciar la redención definitiva. Si así fue, el gesto tendría una fuerza simbólica notable: la espera se cumple en su persona. El tiempo de la promesa llega a su plenitud.

La atmósfera se vuelve más sombría cuando Jesús anuncia que uno de los presentes lo entregará. El Evangelio según San Juan lo expresa con crudeza: "En verdad, en verdad les digo: uno de ustedes me va a entregar" (Juan 13, 21). La mesa de la amistad se convierte en el escenario de la sospecha. Judas abandona la sala. El evangelista añade un detalle cargado de simbolismo: "Y era de noche". No es solo una indicación horaria; es una clave teológica.

En ese clima, Pedro promete fidelidad absoluta. "Señor, daré mi vida por ti". La respuesta es tan conocida como dolorosa: "Antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces". El "canto del gallo" no alude necesariamente al animal del corral, sino al toque que marcaba el final de la tercera vigilia nocturna en la organización romana del tiempo, el gallicinium, anunciado por los centinelas en la fortaleza Antonia. La profecía anticipa la fragilidad humana frente al miedo.

Terminada la cena, cruzan la ciudad, atraviesan el torrente Cedrón y se internan en un huerto llamado Getsemaní, "lugar de aceite". El Evangelio según San Juan lo describe como un jardín, probablemente una propiedad privada con olivos y una prensa. Allí comienza la soledad más profunda. Jesús se aparta a orar mientras sus discípulos sucumben al sueño. El Evangelio según San Lucas señala que, en medio de la angustia, "su sudor se volvió como gotas de sangre que caían hasta el suelo" (Lucas 22, 44). El texto utiliza una comparación —"como" gotas de sangre—, recurso literario que expresa la intensidad extrema del momento. Nadie describe un fenómeno médico; se intenta comunicar la magnitud de la agonía interior.

Al regresar y encontrar a los suyos dormidos, los despierta con una frase que marca el giro definitivo: "Ha llegado la hora". Y entonces aparece Judas encabezando una turba armada. Los sinópticos coinciden en el detalle del beso. El Evangelio según San Mateo narra: "El que lo entregaba les había dado esta señal: 'Al que yo bese, ese es; arréstenlo'. Y enseguida se acercó a Jesús y le dijo: '¡Salve, Maestro!', y lo besó" (Mateo 26, 48-49). El Evangelio según San Lucas añade la pregunta punzante: "Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?" (Lucas 22, 48). El gesto destinado a expresar afecto se convierte en contraseña de captura.

Detenido como un criminal, es conducido primero ante Anás y luego ante Caifás. Mientras se reúnen los miembros del Sanedrín, el interrogatorio avanza entre irregularidades. Hallar testigos concordantes resulta difícil. Finalmente, ante la pregunta directa del sumo sacerdote —"Te conjuro por el Dios vivo que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios"—, Jesús responde afirmativamente. El Evangelio según San Marcos sintetiza: "Yo soy" (Marcos 14, 62). La acusación de blasfemia precipita la sentencia: "Es reo de muerte".

En el patio, mientras tanto, Pedro enfrenta su propia prueba. Tres veces niega conocerlo. Y cuando suena el gallo —la señal de la vigilia que termina— recuerda la advertencia y "lloró amargamente". La noche del Jueves Santo se cierra así con un doble movimiento: la fidelidad de Jesús a su misión y la debilidad de sus amigos. Al amanecer, el proceso pasará a manos de la autoridad romana y comenzará el tramo decisivo del Viernes Santo. Pero todo se ha gestado en esta jornada inaugural del Triduo, donde un lavatorio de pies, un pan partido y un beso traidor revelan, en pocas horas, la hondura del drama humano y la radicalidad de una entrega que cambiaría la historia.

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