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30 de abril de 2026

Leer en voz alta: el poder de los relatos para la infancia y la construcción de vínculos

Está práctica y la narración abren experiencia, organizan el lenguaje y sostienen el deseo. Recuperarlas es también una forma de cuidar la infancia

Estuve recorriendo la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Aunque hace algunos años formo parte del antes de la apertura, y tengo el privilegio de ir cuando no hay tanta gente, no dejó de sentir una emoción especial por el evento. Lo espero con ansía.

He notado que esta ilusión es colectiva. Debe ser el ruido y olor a libro nuevo que libera esas sensaciones positivas, ya estudiadas por diversas disciplinas, pienso, mientras camino de stand en stand por las calles del pabellón, azul, verde, rojo, ocre. No es solo eso, me digo: es el ritual y recuerdo a Irene Vallejo, en El infinito en un junco, y la busco:

"Somos los únicos animales que fabulan, que ahuyentan las oscuridad con cuentos, que gracias a los relatos aprende a convivir con el caos, que avivan los rescoldos de las hogueras con el aire de las palabras, que recorren largas distancias para llevar sus historias a los extraños. Y cuando compartimos los mismos relatos, dejamos de ser extraños".

Nos reunimos frente a la hoguera de la feria para ahuyentar vaya a saber qué demonios y para avivar el conjuro de la palabra, con promesas de placer, enseñanzas, nuevos modos de ver algunas cosas.

Y también somos esos libros, y por suerte, empezamos a sacarnos la culpa de este frenesí de acumularlos sin leerlos, ahora incluso legitimado bajo el nombre japonés tsundoku, que Taiki Raito Pym puso en circulación, mientras que, al mismo tiempo, hasta existen espacios como el Tsundoku Art Book Fair en Dublín que celebran esta pasíon disfuncional. Y antes nos alivío Daniel Pennac, con un libro entero dedicado al derecho de dejar por la mitad un libro que no nos gusta, que también ha sido un alivio para los más estrictos.

Tener libros, juntar libros, amarlos y también detestarlos, que nos hablen en todos los idiomas —los de nuestras tierras y los lejanos— es, en el fondo, una forma de ser. Es reconocernos en lo que elegimos guardar, en lo que dejamos para después, en ese exceso que no es solo acumulación sino deseo: deseo de saber, de imaginar, de no cerrar nunca del todo la experiencia de leer.

Caminando y al ver tanta maravilla como algunas de las esplendorosas editoriales de libros infantiles que son en sí mismas un patio de juegos, me acordé de un dato que presenté ante el concurso de defensoría de los derechos de niños, niñas y adolescentes de la nación.

En Argentina el 32% de niños y niñas crecen sin narración oral. Nadie les lee en voz alta. Nadie les cuenta historias. Tristísimo. Y también diagnóstico. Porque las palabras hacen mundo y crean subjetividades: tienen ese poder incalculable de abrir experiencia, de alojar lo que no tiene nombre, de construir un lugar desde donde existir.

La llamada "brecha de los 30 millones de palabras", formulada a partir de los estudios de Hart y Risley, intentó nombrar esta desigualdad señalando la diferencia en la cantidad de lenguaje que los niños escuchan en sus primeros años de vida: hacia los 3 o 4 años, los de hogares más favorecidos habrían estado expuestos a millones más de palabras que aquellos que crecen en contextos de pobreza. Ese estudio fue cuestionado años después por su sesgo racial y de clase, al invisibilizar otras formas de comunicación propias de los sectores populares.

Sin embargo, hoy sabemos que la brecha no describe simplemente un problema de cantidad de palabras, sino una desigualdad en las condiciones en que ese lenguaje circula. Es menos lingüística que social y simbólica: marca diferencias en el acceso a un mundo de palabras.

La desigualdad se vuelve, en el fondo, desigualdad en el acceso a la palabra: a la palabra como experiencia compartida, como vínculo, como posibilidad de construir subjetividad. En los primeros años de vida se construye la base de todo lo que vendrá. Esa construcción es biológica, relacional y simbólica y depende de la calidad de los vínculos, de la presencia, del intercambio.

Los humanos somos lenguaje; sin él no podemos ni nombrarnos. Pensamos porque alguien nos deseo y habló antes. Hoy esta brecha ya no es solo económica. El aumento del consumo de pantallas por parte de adultos y niños ha introducido una nueva forma de empobrecimiento: incluso en hogares con recursos, el tiempo para contar, leer, detenerse y escuchar se ve desplazado.

Los dispositivos interrumpen o directamente sustituyen ese intercambio donde la palabra se vuelve encuentro.

Leer en voz alta es una de las formas más completas de ese encuentro. Habilita escenarios imaginativos, organiza el lenguaje, la atención y la memoria, pero también el deseo. Los bebés perciben el idioma antes de poder hablar; sus cerebros se preparan meses antes de pronunciar sus primeras palabras. Ese esfuerzo hercúleo es sostenido por la voz del otro que les habla, que los espera deseante y lo aplaude cuando dice pa- pa, y se festeja, con todo.

El llamado "maternés" o "paternés", con que se habla a los bebés, esa voz lenta, exagerada, intuitiva, tiene un efecto en cascada sobre el desarrollo, porque forma parte de la constitución subjetiva.

Cuando les leen, siempre hay que hacerlo de frente porque los bebés miran al narrador, buscan su rostro, y aunque quieran pasar la página o morder el libro, no se trata de distracción o falta de comprensión, es interés puro, es inmersión con la palabra. Y aunque todavía no tengan palabras, quieren contar. Repiten, balbucean, inventan. Ser un sujeto hablante es una conquista que se sostiene en el deseo: el propio y el de ese otro que espera sus palabras.

La lectura compartida amplía el vocabulario, mejora la comprensión y las habilidades cognitivas, pero especilamente construye lazo y habilita que las emociones encuentren un lugar, que la experiencia pueda ser narrada en un apropiarse del mundo de manera singular. Por todo esto se vuelve urgente defender la palabra. Así como hubo campañas para hablar más con los niños y niñas, como las de las 30 millones de palabras, quizás hoy tengamos que volver a insistir, pero recuperando el relato como derecho de la infancia.

En la provincia de Santa Fé y en Neuquén ya lo estamos haciendo con proyectos de ley que buscan declarar el 8 de agosto como el día de la imaginación y la Voz de la Infancia. Ojalá muchas otras localidades y provincias se sumen a esta iniciativa colectiva, para que leer, contar y narrar no sea un privilegio.

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