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Otra joven, en este caso Giselle, ha fallecido buscando la aceptación de los demás. Intentaba lograr una imagen “acorde” a los requisitos que impone el mercado laboral. Y se sometió a un fatal bypass gástrico.

Discriminada seguramente por muchos y, a la vez, auto marginada. Hay un presupuesto previo para la madurez: la aceptación de uno mismo, de las personas que nos rodean, del tiempo en que vivimos.

Comienza por la aceptación de nuestro carácter, fuerzas y debilidades, posibilidades y límites. También nuestro propio cuerpo. Realidad que muchas veces se evade con disfraces y máscaras, no sólo ante los demás sino ante uno mismo. Y esto no es bueno.

Es importante querer la propia vida, aceptarla como recibida y vivirla como un don. Y, aunque descubrimos un diseño de fondo, siempre estamos a la expectativa de modificarlo porque otros no nos aceptan o porque lo dictan los cánones de moda: valores, ideas, imagen.

Los medios de comunicación están llenos de programas que idealizan a la persona triunfadora por su inteligencia y por su belleza corporal. Y se aprovechan de una insatisfacción subyacente que muchas veces se transforma en un desorden dismórfico.

Es preocupante que la sociedad primero genere insatisfacción corporal y luego ofrezca una operación como solución para ese problema cultural. Sería preferible resolver el problema con acciones psicológicas y culturales, en lugar de buscar soluciones médicas o quirúrgicas.

Tal vez nuestras industrias del entretenimiento, moda y medios de comunicación podrían explorar un abanico más amplio de tipos de belleza. Seguramente todos tendremos que hacer el esfuerzo para abolir la cultura de la discriminación. La belleza no está en la ropa, el rostro o en la manera de arreglar el pelo: la belleza se ve en los ojos, porque son la puerta abierta al corazón, el lugar donde está el amor. Ojalá nuestros jóvenes