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16/01/2026

Lo secuestraron para curarle la homosexualidad, sobrevivió y ahora es actor porno

Fuente: telam

Cuando Jean Pierre Rosero tenía 27 años, en Ecuador, su familia contrató a unos matones para que lo sometieran a un tratamiento de conversión. Estuvo cautivo hasta que, gracias a la denuncia de sus amigas, una fiscal lo liberó. Se exilió a Buenos Aires, donde logró darle otro sentido al maltrato y la violencia que sufrió de niño

>Un hombre camina por el centro de Buenos Aires. Bajo la camiseta, el cuerpo mojado después de entrenar horas en un gimnasio de la calle Lavalle. En el pecho, humedecida por el esfuerzo, una mariposa tatuada es el talismán con el que se protege. Pasado el mediodía en esa zona de la ciudad todo es compra y venta, vocerío, pequeños robos, locales abandonados, parrillas que asan enormes pedazos de carne argentina para turistas, osos de peluche tamaño humano vendiendo regalos navideños. Parado frente a la oferta turgente de una verdulería, de esas justo al entrar a un supermercado chino, Jean Pierre Rosero estudia la mercadería: planea una ensalada que acompañe las dos milanesas de pollo ya compradas. Las cocinará en la freidora de aire en la que prepara toda su proteína. Así, sano, comeremos lo que él prepare en su departamento, un dos ambientes, oscuro y limpio. Juntos. Juntos, igual que juntos entrenamos recién. Dos sobrevivientes de dos generaciones distintas. A salvo. Jean Pierre con el peso del hierro fundido acuciando los músculos para solidificar hombros, pectorales, brazos. Jean Pierre, joven y hermoso, atento a su cuerpo, profesional. Y yo, maltrecho por los viajes, por el exceso de calorías y de alcohol, levantando pesos minúsculos con mi talla el doble de voluminosa. Aun así, después de nuestro encuentro, cuando escapo de su departamento justo antes de que comenzara la grabación de una producción porno con la excusa de mi nueva clase de natación (a la que faltaré), me duelen los huesos, me duelen los hombros, los pectorales, el pecho.

Ríe.

Es 19 de abril de 2023. Jean Pierre cumplió 27 años. Terminó la pandemia. Jean Pierre, asumido gay desde muy pequeño -en secreto como la inmensa mayoría de los varones homosexuales de Ecuador- , ya tenía su vida marica en una ciudad andina de conservadurismo colonial pero con su under de emancipación y goce. Era un habitué de Spartacus, la disco gay, o de Mandrágora, o de Jet, más paquis pero con onda. O de los after a los que sólo se llega por invitación. Siempre acompañado por sus amigas. Como Diana. O Pamela. Era un chico deseado. Amiguero, gracioso, empático podríamos decir. Tenía amantes aquí y allá: nada fijo, aventuras furtivas con hombres que, como él, ni imaginaban una salida del closet. El artista Oscar Velasco tiene una edad parecida y lo recuerda adolescente, de unos 14 años, cuando Jean Pierre era “un emo hermoso”. “Fue un cruce de miradas. Yo llegaba con otro chico a coger a un departamento en Quito, y él salía de otro con sus padres. Nosotros bajábamos de un ascensor. Recuerdo nuestra mirada cómplice”, dice Oscar. Jean Pierre luego pasó por la carrera de publicidad en la universidad más prestigiosa de Quito, la San Francisco. Cursó con Santiago Castellanos, el decano del Colegio de Comunicación y Artes Contemporáneas, una cátedra sobre teorías críticas primero y otra sobre género después.

—Recuerdo perfectamente a Jean Pierre —dice Castellanos en su oficina de la Universidad, en Cumbayá—. En el examen, al medio de semestre, yo sí noté que había un interés de él en esas teorías, sobre todo en un texto de Jack Halberstam donde el autor plantea que las niñas machonas son toleradas socialmente durante más tiempo, en cambio, la feminidad o desviación de la masculinidad en niños es castigada y vigilada mucho antes. Eso fue un punto que desarrolló especialmente. En su carrera no tuvo notas altas, pero en ese examen obtuvo una A. Entonces Jean Pierre no había salido del closet, supe que era gay sólo mucho después, cuando su rostro salió en todas partes porque había sido secuestrado para ser encerrado en una clínica de deshomosexualización.

Halberstam, un académico trans varón, en su trabajo deja claro que ese control temprano sobre los niños produce formas más intensas de represión, patologización y corrección. A la misma edad a ambos, a Jean Pierre y a mí, en dos puntos de este continente inmenso; en el ombligo del mundo, el Ecuador; y en el culo del mundo, la Patagonia, nos dejaron claro que ser femenino, diferentes a los otros varones del montón, era pecado, vergüenza o enfermedad. Jean Pierre recuerda la muñeca que no podía mecer, los tacos que no se podía probar, los golpes para aleccionar. En esa casa en el centro de Quito era su hermano cinco años mayor el que señalaba su feminidad. Y era su padre el que castigaba: a veces a su madre, a veces a los tres. Con él era peor porque lo sulfuraba que le pidiera atención con esos modos; el mohín de un niño suele ser exasperante para un macho ebrio. Con el gesto marica se dispara el macho vengativo. El golpe es la pedagogía más común. A mí, A medida que los años pasaban Jean Pierre logró sortear la resistencia de su familia yéndose todo el tiempo que podía. Partía a otras casas por temporadas. Desde los catorce lograba quedarse hasta una semana en la de una amiga. Cuando estudió en la San Francisco, a una hora de Quito, dormía en departamentos de compañeras de la universidad. Cuando comenzó a trabajar lograba subarrendar cuartos en casas de amigos. Con la pandemia permanecer con su familia se le volvió insoportable y junto a una amiga se fueron un año a la playa de Montañita. Cuando algo estaba a punto de estallar, o cuando la relación parecía romperse, Jean Pierre migraba.

—Ellos no eran conscientes de que yo me escapaba, que no podía soportar estar con mi familia, sino que pensaban simplemente que me quedaba por ahí trabajando o estudiando. Yo siempre fui así, como que me iba y viajaba, me quedaba acá y me hacía amigo de alguien, luego iba para allá y me hacía amigo de otra persona. Este niño nunca quiso estar en su casa —dice Jean Pierre tomando la tercera persona para hablar de sí—, siempre quiso lo que está viviendo ahora: vivir solo, vivir con su gato, a veces tiene que rebuscárselas, a veces pelear por sus cosas, pero vive con su libertad. Y esa libertad yo sólo la quería porque en mi familia nunca me la dieron o siempre me trataron mal. Siempre sentí que nunca debí estar ahí.

En la niñez y adolescencia de Jean Pierre hubo tres escuelas primarias y tres secundarias. De uno a otro lugar, siempre desplazado por los estallidos en los que todo terminaba cuando el hostigamiento lo volvía el alumno indeseable. Le diagnosticaron TDH, era hiperactivo, y con ese diagnóstico sus padres lo cristalizaron como el chico problema. Su refugio eran el dibujo y su abuela. El niño marica latino logra sobrevivir gracias a las abuelas. Las hay desalmadas, pero la mayoría de las veces en el relato de esos niños es la abuela la que da refugio a la golpiza de los padres, la que tolera el juego con los tacos de la madre, la muñeca traficada de la hermana, las coreografías de la diva, la novela de la tarde vista junto a la matriarca o la empleada, las canciones de amor, el folclor que toda mariquita necesita, o se merece.

Una de nuestras primeras entrevistas fue en su departamento. Mientras las milanesas marchaban en la air fryer, cortaba las verduras para la ensalada. Su room mate, otro chico peruano, llegó con un regalo para su propia gata que cumplía años. Le cantamos el feliz cumple entre los tres. La de Jean Pierre, Celina, desconfiada, se mantenía lejos. El amigo mostró fotos de otros festejos de la misma gatita, que jugueteaba con la vela. Jean Pierre intentaba explicarme su matriz familiar, el modo en que aprendió a no quejarse ni llorar. Entonces recordó el momento en que a los seis años lo atropellaron.

—Fue en el colegio. Como me hacían bulliyng porque no jugaba a la pelota, cuando me pegaban, escapaba. Me refugiaba en el baño. Podía pasar mucho tiempo ahí. Pero allá me fueron a buscar. Yo lloraba y se estaba yendo la buseta que iba al club donde se jugaba el partido. Los chicos me golpearon fuerte la puerta y me dijeron: “¡Ya te encontramos, muévete maricón!”. Yo me sequé las lágrimas y salí corriendo, no vi nada, crucé el pasillo rápido y atravesé la calle sin mirar. Me atropelló un carro, me mandó volando al cielo. Caí mucho más allá pero no me quebré; me dolió, pero no me importó. Atiné a pararme, pararme como sea y seguir caminando. Porque un niño que tiene miedo no capta la situación, intenta que todo siga funcionando.

El conductor del auto se fugó. A Jean Pierre los profesores lo llevaron a la enfermería. Le dijeron ahora vamos a llamar a tu familia para que te lleven al doctor, porque aunque parecía no haberse roto un hueso, temían por su salud. El niño le temía a la reacción de los padres. Así que evitó el llanto. Le dolía, sí, un poco, no tanto, cree, pero dijo que no le dolía nada. Cuando le pasaron el teléfono a su papá, Luis Rosero, próspero comerciante, escuchó sus preguntas y contestó que no había sido nada, que estaba bien. Eran las doce del mediodía. Sus compañeritos se fueron a patear la pelota. Él se quedó en la enfermería. Volvió en el bus escolar a su casa a la misma hora que todos los días. No había nadie.

Después de la pandemia el clima en casa de los padres de Jean Pierre se había vuelto imposible: un vaho espeso lo invadía todo. Él ya tenía un trabajo estable en una empresa de publicidad como content manager. Allí era considerado un buen empleado, los jefes estimaban su inventiva pero también que era cumplidor. “Jeanpi era querido y su trabajo era impecable. Teníamos un régimen híbrido, íbamos a la oficina dos veces por semana. Comencé a sentarme con mi notebook a su lado. No nos separábamos, íbamos a la cocina a hacer café, salíamos, íbamos a fiestas, a planes, podíamos pasar horas conversando”, recuerda Diana, su amiga del alma.

Un día Jean Pierre tuvo los ahorros suficientes para pagar los meses que le pedían al entrar a un departamento. Buscaron uno semiamoblado, sólo les quedaba llevar las camas y un juego de comedor, pero tenía los sillones, y una cocina equipada. La noticia cayó mal en su familia. Su hermano lo abordó mientras lo llevaba en el auto, le dijo que debía volver a la casa porque si no su vida sería un desquicio. Jean Pierre lo frenó en seco. El hermano lo agarró de un brazo. Jean Pierre se zafó y bajó del auto. Corrió entre los coches. Ya no quiso volver a la casa familiar, dormiría en el sillón. Pasaron algunos días y el conflicto parecía apagarse. Le dijeron que fuera tranquilo a buscar su ropa, su colchón, sus dibujos. Pamela Tamayo, una de sus amigas que lo conocía hacía años y con la que también había convivido, sabía de la violencia paterna, de la sumisión materna, del hermano presa de una envidia mezclada con homofobia, lo alertó:

—No vayas solo a buscar tus cosas Jeanpi, te pueden encerrar.

Sus padres se habían conocido muy jóvenes en Quito. María, su mamá, tuvo a su hermano a los 17 años. Huérfano, había sido adoptada por sus padres, con un tío militar, no fue fácil ese embarazo. Luis se fue durante un tiempo, pero regresó. Entonces formaron pareja, él inició negocios en los que le fue bien, pronto pudo pagarle a ella los estudios en una universidad privada y María se recibió de Licenciada en marketing. Al hijo mayor le pagaron un master en Estados Unidos. A Jean Pierre la carrera de publicidad en la San Francisco, la más cara de Ecuador. Cuando sucedió la escena del secuestro, los Rosero tenían una propiedad y dos carros, un Skoda, de alta gama, y un Chevrolet para que manejara el hijo mayor.

Jean Pierre no entendía de qué hablaban cuando decían “tratamiento”: la palabra resuena en mí porque las inyecciones de testosterona también fueron un “tratamiento de conversión de la homosexualidad”. Incluso después de decenas de funciones de Testosterona, la obra de periodismo performático que creamos junto a la directora Lorena Vega en Buenos Aires, supe que ese modo de llamar lo que nos hicieron a miles y miles de niños en casi todo el mundo inyectándonos la hormona masculina para torcer nuestra orientación sexual en el universo de los expertos se llaman de otro modo, (no sé si mejor): ECOSIEG. La sigla significa Esfuerzos de Cambio de Orientación Sexual, Identidad de Género o Expresión de Género.

El tratamiento con el que amenazan en el carro a Jean Pierre habla de un plan para producir sufrimiento con un objetivo altruista, el de la supuesta cura de una supuesta enfermedad. La homosexualidad dejó de ser considerdada una enfermedad para la OMS en el año 1990. En Ecuador la homosexualidad era un delito con penas de entre cuatro y ocho años de cárcel hasta 1997. Cuando por el cambio de las leyes pasó a no ser punible simplemente cambiaron el ámbito de la represión, que pasó a ser el de la salud. La violencia se convierte en un procedimiento planificado. El verdugo de estas torturas ya no es quien ejecuta una condena sino el que ejerce una pedagogía, la de la masculinidad heterosexual.

Mientras el auto asciende a la sierra ecuatoriana, en las redes sociales quiteñas se abre paso la imagen candorosa de ese chico lindo. Su amiga Diana, la que encabezó la campaña para rescatarlo, sabe que debe elegir bien la imagen para Instagram. Diana pensó: “Tengo que elegir una foto hermosa o mi bebé me mata”. Así se llaman entre ellos, bebés, como millones de su edad. Diana sabe que con esa foto en la que Jeanpi entrecierra los ojos mirando fijo, el pelo casi peinado, las facciones marcadas por una luz levemente dramática, el eco en redes por esta injusticia tiene chances. Los dos trabajan en publicidad y marketing. Diana sabía de antes cómo operaba el racismo manso y cotidiano de su país, esa contabilidad secreta de las vidas que importan y las que no. Sabía que esa cara tenía más chances de circular, de provocar indignación, de ser buscada. La foto empezó a moverse. Se compartió. Se multiplicó. Y si no hubiera sido por esa foto quizás él no estaría aquí ahora, en el estudio de la artista Alejandra López, ataviado con su sleep de diseño, cómodo en su desnudez; ni podría estar en el fulgor de las escenas que protagoniza hace más de un año en sus propias redes, X, Only Fans y Telegram, su nueva praxis de sobrevivencia y goce.

Aquí, en este departamento del centro de Buenos Aires, en esa cama desplegada en el living, se graban escenas donde Jean Pierre juega a un sexo en el que se lo ve disfrutar. Su seguridad está basada en dos atributos: es versátil, y está bien dotado. Recién llega de un viaje a Santiago de Chile. Tuvo nueve encuentros con otros creadores de contenido erótico. Al principio se quedó en un hotel de la calle Huérfanos, cuenta. Huérfanos es la Lavalle de Santiago, y es la calle donde transcurre parte de la novela que terminé de leer justo antes de la última entrevista con Jean Pierre: Serpiente, de Alfredo Andonie. Es la historia de un taxi boy chileno en una ciudad de Santiago fenecida, la de comienzos de los setenta. Allí, justo en la calle Huérfanos, comienza la historia de Baltazar, un moreno parecido a Jean Pierre, sólo que Baltazar vende sexo, afecto y escucha a los viejos del barrio, y Jean Pierre no cruza esa frontera: “Quizás sería más rico si me prostituyera pero no me sentiría cómodo”, piensa. “Uso mi capital erótico gracias a que sobreviví y aprendí que no podía quedarme en mi lugar de víctima —dice—. Sueño con dar un salto al arte, crear una serie de productos que jueguen con la ironía de la sexualidad homosexual, para romper la barrera que nos separa de la sexualidad hetero, tomar algo del Jeff Koons de la Cicciolina mezclado con algo como lo que hacen los creadores de MSCHF, que lanzaron por ejemplo las botas inspiradas en Astroboy, algo que se usa, pero que de verdad no tiene una utilidad de mercado. Me encantaría crear materiales que salgan del porno pero tuvieran aura”.

A medida que se acercaban a Cotacachi la sierra de Imbabura se hacía sentir, el frío le tomaba el cuerpo. Llegaron con la oscuridad de la primera madrugada. Lo metieron en una habitación. Había otros dos durmiendo en sus camas. Le tiraron una cobija. Despertó cerca del mediodía y recién entonces supo dónde estaba, quién controlaba el lugar: reconoció la voz de mando del que lo apresó y lo amenazó en el viaje. La ronda de varones durante el encuentro diario de los doce pasos estaba liderada por ese gordo fornido, armado con un machete largo y macizo al que acariciaba con la mano como a un lobo domesticado. Aunque el machete podía rebanar con el filo lo que quisiera, el “monitor” lo blandía de costado dando chicotazos de metal que dejaban marcas en la piel. El hombre rozaba el machete al mismo tiempo que leía versículos de la Biblia. Todo allí era represión o religión. Jean Pierre escuchó cómo sus compañeros se asumían adictos a distintas sustancias, uno a uno. A su turno, él negó estar allí por el mismo motivo. Era un profesional con sus propios recursos, consumía marihuana de vez en cuando, estaba allí porque su familia no soportaba que fuera gay. La noticia produjo miradas y movimientos de incomodidad. No era el único que estaba en la clínica Santa Ana por eso. Uno de sus dos compañeros de celda fumaba crack, el otro era ladrón. El basuquero lo quiso seducir. Luego un colombiano que llevaba tiempo allí también quiso conquistarlo: desde la cocina le mandaba comida, algo mejor que la sopa insípida que le daban a todos. En la Santa Ana un huevo duro era un manjar. El capital erótico de Jean Pierre ya existía y generaba beneficios.

No se brinda información oficial sobre cuántas clínicas existen hoy. Las organizaciones de DDHH consultadas aseguran que no ha habido una sola condena por secuestro o tratos inhumanos. El caso de Jean Pierre es prueba de ello. Acaban de enviarle de la fiscalía un resumen del caso para que él decida si quiere persistir en la demanda contra sus padres y sus captores contratando un abogado particular en Ecuador o se archiva la causa. La lectura del documento es un desfile de testigos de los padres, de la clínica: todos acusan a la víctima de adicto. No se produjo una sola prueba para castigar a los secuestradores.

Al llegar a Santa Ana, a un costado, la vieja hacienda, solitaria y fantasmal; hacia el otro una casa con sus cuartos, calabozos sin rejas pero con llave, donde los “pacientes” son encerrados durante la noche y según su comportamiento también en el día. Jean Pierre aprendió muy rápido que no debía conflictuar. La jornada comenzaba a las 6.30, con la formación y el primer sermón. Después, un entrenamiento físico militar. Más tarde la limpieza, a fondo, de cuartos y espacios comunes. En eso estaba él, barriendo la habitación, cuando escuchó el tumulto y vio que un compañero de la celda de al lado entraba para esconderse. El cuidador le quitó la escoba de las manos y con el palo le dio al infractor, que escapaba porque había sido sorprendido fumando en el baño. Se podía fumar en la clínica, pero si la familia pagaba por ello. El chico intentó cubrirse la cara, recibió los palazos en la espalda. La sangre brotó y manchó las cobijas de Jean Pierre. Cuando se lo llevaron se quejó por su ropa de cama. Le contestaron: “Dile al man que las lave, aquí la regla es que el dueño de la sangre tiene que limpiar la suya”.

El del machete era transparente en una sola cosa: reconocía, además de su pasado de adicto, que “había sido chonero”. A las 6.30, cuando todos debían formarse como en un cuartel, él pasaba revista y hablaba de sí: había entrado a la banda en Esmeraldas, había caído preso, y allí había dejado de ser chonero para recuperarse de la adicción, volverse “monitor” del centro y ahora darles el ejemplo a punta de machete. Los Choneros lideraron el narcotráfico y otros mercados ilegales en Ecuador desde los 90. La muerte de su líder, Rasquiña, en 2020 produjo una explosión de nuevas bandas: los expertos lo llaman un “archipiélago criminal”. Afectos a las identidades animales los emergentes se bautizaron Los Lobos, Los Tiguerones, Los Chone Killers, Los Lagartos, Los Águilas.

El carácter indómito de Jean Pierre se fue matizando con los días y con las escenas que presenciaba. A la sangre en su cuarto le siguió el rumor de que alguien se había fugado. Era su pretendiente colombiano. Lo habían salido a buscar por el monte. Los internos comentaban que si no conocían el lugar era posible que se perdieran o cayeran en la quebrada: algunos nunca más habían aparecido. Había que ser valiente para emprender la fuga de Santa Ana. Cada vez que alguien lo intentaba recibía un escarmiento ejemplar. Al colombiano lo encontraron. Y lo trajeron a la vista de todos. Allí le pegaron con una madera de esas que se usan en la construcción. Y le aplicaron “el castigo del mendigo”. Debía comer excremento de animal. El monitor envió a uno de los chicos a buscarlo afuera. El mandadero se demoró, algunos creyeron que también había aprovechado para escapar, pero regresó. Y como no encontró mierda de vaca o caballo, temeroso de la sanción, trajo la propia. El fugado tuvo que comer mierda humana. Luego tomar agua de poza, el agua sucia que se acumula en los charcos. Vendrían días de dormir debajo de la cama y de comer en el piso mirando a los demás sentados en las mesas.

Esa semana de abril de 2023 la fiscal Especializada de Personas Desaparecidas Verónica Murgueytio estaba a full. Llevaban tres casos seguidos. El crimen en Ecuador crecía y las bandas usaban la desaparición como nuevo método. “Cuando pasábamos dos o tres días sin encontrarlos era seguro que los hallaríamos muertos”, dice, ahora al frente de una fiscalía de violencia de género. El día que recibieron la denuncia por Jean Pierre habían encontrado a un tal Baez, asesinado para quitarle el taxi que manejaba. La fiscal no recibió personalmente la denuncia de Diana, pero cuando la vio le resultó raro que no la radicara un familiar, como en la mayoría de los casos. Diana además dejaba claro que ella y los compañeros de trabajo creían que su a su amigo se lo habían llevado por su homosexualidad. Diana había hecho un camino seguro: habló con Asfadec, la organización de familiares de desaparecidos, y con Diálogo Diverso, la ong de la comunidad LGBTIQ+ que se dedicaba a denunciar secuestros así. “Nosotros veníamos de llevar el caso de un médico que se especializó en la Argentina y lo raptaron en su trabajo en una clínica de Quito, de hecho él después de dos años sigue desaparecido”, dice Gabriela Alvear, directora de Diálogo Diverso. Diana esperaba a la fiscal junto a Carlos Rivas, un abogado de la ong y Lidia Rueda, la reconocida presidenta de Asfadec.

Esa noche la fiscal volvió a dormir mal. “Estaba entre el cansancio y la imagen tan violenta que se veía en el video”, dice. A la mañana siguiente pidió a la policía que la llevaran al lugar donde el propio padre de Jean Pierre le contó que habían internado a su hijo, la clínica Santa Ana. Pasada la una de la tarde el auto civil, en el que iban tres uniformados y ella, entró al potrero de Cotacachi. Los internos juntaban pasto. Verónica no reconoció a Jean Pierre, pero los policías entrenados en perfilar lo vieron enseguida. Uno de ellos lo custodió y no se despegó de él. La fiscal habló con él a solas en una habitación. Apenas la puerta se cerró Jean Pierre le dijo: “Por favor no me dejes aquí”. “Parecía alguien tan vulnerable, con tanto miedo, como un niño el primer día de la escuela pidiendo que no lo abandonaran”, dice. Salieron del lugar en silencio, ante la mirada torva del monitor, ante los ojos esperanzados del resto. A los pocos kilómetros desde el auto Verónica le permitió una videollamada con Diana. Jean Pierre lloraba. Y repetía: “Gracias bebé, yo sabía que no me dejarían solo”.

En su declaración a las autoridades judiciales, el director de la clínica se defendía:“No prestaba los servicios de deshomosexualización, sino de desintoxicación de alcoholismo y drogadicción – explicó –, yo no quise dar la entrevista porque pensé que se iba hacer más grande el problema y me iban a clausurar, me arrepiento de no haber permitido que mi versión pasara en la televisión”. Hoy la clínica volvió a abrir, aseguran que tienen todas las habilitaciones para operar y hasta promocionan sus servicios en redes sociales.

En Quito, donde en agosto hicimos la obra Testosterona durante el Festival Internacional de Teatro, no es fácil hablar con sobrevivientes de ECOSIEG. Para llegar al estreno de la performance junto a un equipo de Wambra hicimos una profunda investigación apoyada por el Pulitzer Center. Mapeamos toda la información existente y dimos con sólo dos personas que habían sido inyectadas con testosterona como yo, un peluquero adulto mayor y una chica trans. En comparación a la misma investigación hecha en Colombia con la revista Cerosetenta, la dificultad para llegar a las fuentes en Ecuador fue muchísimo mayor. No sólo a los que habían sido víctimas, sino a las fuentes oficiales, a las de la sociedad civil, a los propios activistas. Comprendí la dificultad cuando entrevisté meses después, ya desde Buenos Aires y bajo total compromiso de confidencialidad de su nombre, a quien había trabajado en la denuncia de las clínicas de deshomosexualización durante los últimos años.

La última vez que Jean Pierre vio a sus padres en Quito tomó sus cosas personales y su gata Celina para no volver. Lo acompañó la fiscal Murgueytio. Temía por su mascota. La anterior, un gato siamés obsequio de un amigo, había desaparecido misteriosamente de la casa. “Estoy seguro de que lo secuestraron como a mi. Se debe haber defendido pero ellos fueron más fuertes, como los que me llevaron a la clínica”, dice. La fiscal recuerda que la madre lloraba. Jean Pierre sólo quería huir. Esa tarde ante ellos pensó por qué no había tenido la valentía de escapar antes para siempre, se culpó por las veces que intentó otra vez agradarles de algún modo. Cuando agarró sus cosas, sólo les devolvió lo único que ellos le habían enviado a la clínica, un paquete de pañuelos de tela. “Aquí tienen sus pañuelos, no los voy a necesitar”, les dijo.

Cuando Celina se ofende no le dirige la mirada ni duerme con él. Esta mañana la escasa luz que entra por la ventana daba en la gata y en el saltamontes. “Yo pensé –dice– que era por esta entrevista, por la transmutación en la que todavía estoy”. Al saltamontes le adjudica el cambio permanente, el salto hacia otro estado. A los caballos el poder de la carrera hacia adelante. A la mariposa, su poder de protección. A la libélula, el pensar en uno mismo, en qué se quiere de la vida, la espiritualidad. Jean Pierre habla de los animales en clave íntima. Y pasa de los animales al sexo somo si nada, porque dice, el sexo es también transmutación. Para él, fue la puerta del cambio. En esta infinita confianza me animo a preguntar.

En el final de este texto, meses de trabajo con él y con el tema, mi sensación de inseguridad crece. Los últimos días le pido pequeños detalles, vuelvo a llamar fuentes y chequeo con él cada dato. El texto me implica. Nos implica. Estamos juntos en el texto. Se lo comparto, se lo cuento. “Pero me gusta la intensidad del periodismo”, le digo por WhatsApp. “Una forma más de disfrutar la vida”, dice.

Equipo de investigación en Ecuador: Gabriela Peralta, Verónica Calvopiña, Ana María Acosta, Carlos E. Flores.

*Cristian Alarcón es escritor y periodista. Ganador del premio Alfaguara de Novela 2022 con El tercer paraíso. Dramaturgo y protagonista de la obra performática Testosterona. Desde comienzos de los noventa se dedicó al periodismo de investigación y a la escritura de crónicas en reconocidos diarios y revistas. En sus libros Cuando me muera quiero que me toquen cumbia (2003) y Si me querés, quereme transa (2010) cruza la literatura con la etnografía urbana convirtiendo relatos urgentes en novelas de no ficción. En el libro Un mar de castillos peronistas (2013) escribe crónicas de viaje y perfiles de personajes disidentes. Fundó Revista Anfibia y el sitio Cosecha Roja. Allí ha experimentado con los límites de la narrativa de no ficción hasta llevarla a una última experiencia de performance periodística. Sus indagaciones más recientes son sobre la relación entre el periodismo y el arte. Fue profesor visitante en la Universidad de Austin, Texas y en la Universidad de Lille, Francia. Es Maestro en la Fundación Gabo. Recibió el Samuel Chavkin Prize, el Premio Konex y el Premio Perfil a la libertad de expresión. Es profesor titular en la Universidad Nacional de La Plata, dirige la Maestría en Periodismo Narrativo de Anfibia y la Escuela de Humanidades de la Universidad Nacional de San Martín. Sus libros se tradujeron al inglés, francés, alemán y polaco.

Fuente: telam

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