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17/01/2026

La idea de “cuatro amigos en un asado” se convirtió en el Festival Nacional del Malambo que moviliza a la localidad cordobesa de Laborde

Fuente: telam

Crónica de una celebración cultural que trasciende lo artístico para ser un escenario donde convergen la memoria colectiva, el compromiso comunitario y la construcción de la identidad argentina

>Llega enero y en Laborde, sudoeste cordobés, nunca se sabe exactamente qué hora está transcurriendo: es que los tiempos en este mes caluroso son muy diferentes a los habituales. Ya desde los días previos al inicio de la 58° edición del Festival Nacional del Malambo (FNM), la localidad se ve movilizada por la llegada de las 23 delegaciones nacionales, extranjeras (Paraguay, Chile y Colombia), los artesanos que se instalan dentro y fuera del parque del FNM, los comerciantes de chucherías, los carritos de comida.

Será campeón para siempre, aunque cada enero haya una nueva consagración. Y firmará un pacto de sangre con sus antecesores: no volverá a presentarse jamás en un concurso similar para no desprestigiar al FNM.

Pero no se trata sólo de la búsqueda del campeón nacional. La competencia contempla distintos rubros: pareja de danza, recitador gauchesco, cuadro histórico nacional, solista instrumental, conjunto de música tradicional, locutor animador. Y más. Desde las últimas ediciones, por un pedido a la comisión organizadora, se incorporó la categoría de Paisana Nacional.

Este año los aconteceres fueron precipitados. Las primeras peñas le ganaron al cronograma festivalero. Las hubo en el mítico bar La Vasconia, en el Club Atlético y Cultural Recreativo y la ya tradicional El Patio Bailable, que cumple su novena edición. “Una idea que surgió en un asado de cuatro amigos”, cuenta unos de sus productores culturales, Carlos Zamprogno, quien destaca el crecimiento del evento frente a los primeros años de incertidumbre con sonido prestado y tablones rescatados de los boliches del pueblo. Hoy se ha convertido en una referencia para músicos y bailarines.

El festival es un hecho tan movilizante que cada integrante del pueblo cumple una función para que se supere en cada edición: el albergue de estudiantes, los clubes, el centro de jubilados, y la escuela rural brindan alojamiento; las modistas del pueblo están disponibles para cualquier traspié que sufran los vestuarios; no falta el —o la— que recibe artistas en su casa. Están también los guías turísticos improvisados, los que prestan bicicletas, los que hacen la gauchada de trasladar instrumentos, los tiracables, los fotógrafos, los que tratan de contactar con medios nacionales. Otros prestan patios, veredas y reposeras para mateadas y guitarreadas y las chicas de la Sala Real trabajan las 24 horas para brindar un espacio de ensayo.

Es sorprendente que nadie permanezca imperceptible. Las calles son un aluvión de nuevos negocios, desde tiendas de vestimenta típica hasta novedosos chocolates eróticos, pasando por clásicos sahumerios, perfumes y fuentes. Las puertas abiertas, las sillas en la vereda: no hay quien no tenga un producto para ofrecer. Y más allá de los alrededores del parque, se suceden calles y calles con comedores, bares, kioscos improvisados. A cualquier hora —incluso a la siesta, santa protectora del calor inclemente— suenan chacareras, zambas, chamamés; no falta quien se ponga unos cuartetos mientras enfrente un grupo de gurises zapea. Las plazas y parquecitos están abarrotados de jóvenes artistas.

“Siempre se puede mejorar”, comenta Esther, encargada de alojar a los artistas de la apertura y de velar porque tengan agua fría y caliente, duchas y aire acondicionado. “Necesitamos mejores instalaciones para recibir a todos. Ojalá se haga un gran albergue para todos los artistas”, sueña en voz alta. “Son personas humildes las que llegan, trabajadores como nosotros, y necesitan una comodidad que todavía no podemos ofrecerles”.

Antes de ingresar al parque, las calles de ripio se colman de transeúntes. Ponchos, alpargatas, banderas de las provincias sobre los hombros. Cuesta desplazarse entre tantas pilchas gauchas que se florean, baqueanos que se acercan al galope ycochecitos de bebés. Porque en el FNM los argentinos se encuentran, se saludan, preguntan quien peinó tan bonita a la gurisa, si el changuito este año zapatea, en qué puesto se come más barato, si se puede pedir fiado.

Estas noches de Malambo son también las de las primeras travesuras. Los chicos corren como libres por las calles con pistolas de agua, nieve loca y juguetitos importados comprados en el puesto cerca del hospital, y juegan al ring raje. Asunto raro, porque en las casas todos están sentados afuera para disfrutar de la fresca, porque si algo tiene Laborde es que en sus noches el calor amaina. Y como los altoparlantes le ganan al viento, a diez cuadras se puede oír clarito lo que ocurre sobre el escenario del FNM.

Otro suceso memorable sucede el primer lunes del FNM. Es el día de los locales. Este año, por primera vez, suena rock. Participa una banda infantojuvenil, Falset, surgida del Instituto Superior del Profesorado. “Trabajar con niños desde los cinco años puede parecer complejo por los tiempos que corren”, relata Silvana Ricaldone, docente de la institución. “Sin embargo, al Profesorado Laborde asisten estudiantes que sienten el arte. Éste es el plus de la escuela: expresarse desde la música, las artes visuales o las digitales, según les interese, y formarse en ese lenguaje de modo simultáneo”.

Falset es un orgullo para el pueblo. El público se emociona cuando los descubre sobre el escenario porque tienen entre diez y trece años la tecladista Eugenia Ferro, el baterista Agustín Hurst, el guitarrista y vocalista Lautaro Del Bianco, el bajista Tomás Arias, el saxofonista Santiago Settembrini y el trompetista Santiago Settembrini. (Sí, mismo nombre y apellido. Cosas de Laborde.) Antes del FNM participaron del ciclo Rockeritos CBA 2026, organizado por la Agencia Córdoba Cultura y En Vivo Producciones, y obtuvieron el primer lugar. Como reconocimiento, actuarán en el próximo Cosquín Rock.

¿Qué piensa la profe Ricaldone respecto a que el FNM permita la participación de un género que no pertenece al folklore? “Toda apuesta a potenciar el acceso al ámbito cultural es superadora. Esto es una evidencia concreta y augura excelentes resultados”.

La noche continúa. En la sala de prensa, Nolo García, cantautor labordense, dialoga con Ángel Piedra, histórico locutor del festival. Faltan minutos para que se suba al escenario. ¿Hay nervios?, quiero saber. Nolo respira. Toma miel líquida para cuidar la voz y se retoca el sombrero antes de contestar: “Es muy emocionante. Es nuestro festival, de nuestro pueblo. Lo viví desde muy chico, soñando que algún día yo subiría. Tuve la suerte de haberlo hecho en otras oportunidades como músico, y participé en algunas aperturas”. Su disco Crónicas Urbanas se lanzó en diciembre de 2024 con producción de Saeta: un trabajo conceptual con el hilo conductor de una perturbadora mujer, Paloma, que se entreverá con un sinfín de perdedores, runflas, pungas y usureros.

—¿Y esta noche quiénes te acompañan? — le consulto mientras sigue vocalizando. Responde una lista de nombres de gente del pueblo, que rara vez aspiran al honor de la tipografía en un medio de alcance nacional.

Pero la promoción es ahora o nunca: “Lo más importante para nosotros es que un festival tan importante como el del Malambo le permite a un músico presentar sus canciones ante todo el país”.

Nolo termina el show con un paso doble. Algunos bailan entre las sillas.

Comienza la pausa comercial: se corre al baño y se pasa por la cantina.

Se acompaña con un buen vaso de vino o un fernecito. Los que no tienen sillas compradas intentan ganar algunas sillas sin nombres. Los de veintitantos se acomodan sobre el pastito. Se matea.

La que en 1999 fue la piba revelación de Cosquín y que luego grabó su disco Cuando es preciso, en el que interpretó una versión sublime de “Tei vuelto a ver”, junto a la voz de Latinoamérica, Mercedes Sosa. Suena “Tierra Santa” en la voz de María Soledad Gamboa.

No esperen grandes manifestaciones del público del FNM. Ni sapucay ni revoleo de ponchos. Se escucha sin murmurar. Se absorbe la música con el cuerpo. Es otro tiempo, el de la gente. Cuando Sole —como todo el pueblo le dice a su celebridad— baja del escenario le quiero preguntar tantas cosas. Pero se larga a hablar:

—En el escenario dijiste que tu grupo es tu familia. ¿Cómo es eso?

Pienso que estos días del festival están siendo increíbles. Se lo digo.

Porque le pasan cosas como —su mejor anécdota del FNM— en 2017, cuando fue el 50 aniversario. Gamboa había pasado varios años sin tocar, su presentación fue un regreso, y le deparó un momento que no olvida: “Canté a capella ‘Zamba para no morir’. El silencio que se escuchó en el parque fue tremendo, surrealista. Un silencio estremecedor. Como un abrazo eterno.

[Fotos: FNM]

Fuente: telam

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